—Está bien, entonces ve —cedió Marcela.
—Ale, vamos —dijo Luna, mirando a su hija.
—Sí, mamá. —Alejandra se levantó.
Madre e hija salieron del patio de Álvaro.
—Mamá, ¿cuánto crees que le falte a mi tío para morirse? —preguntó Alejandra, tomando el brazo de Luna—. Menos mal que fuiste lista y nos sacaste de ahí. Me estaba muriendo de hambre.
A ese paso, se iba a morir ella antes que Álvaro.
—Por cómo se ve, no creo que aguante ni dos horas más —respondió Luna, entrecerrando los ojos—. Vamos rápido a la cocina por algo de comer.
—De acuerdo.
Una vez que se fueron, Marcela se sentó junto a la cama de Álvaro y le tomó la mano derecha.
—Álvaro, hijo, Úrsula dice que ya estás curado. Solo tienes que romper las cadenas que te atan para poder despertar. Despierta ya, por favor. Llevo más de veinte años esperando este momento. Valentina sigue esperando que vayas por ella. Y tu hija también te está esperando.
Álvaro permanecía inmóvil, sin reaccionar.
—Álvaro, mi niño, no hagas que mamá se preocupe más, ¿quieres?
La voz de Marcela se quebró.
...
Álvaro se sentía atrapado en una densa niebla. Llevaba mucho tiempo buscando una salida, pero no la encontraba.
«¿Dónde estoy?»
—¡Valentina! ¡Úrsula!
Caminó en círculos una y otra vez, hasta que, desesperado, se dejó caer al suelo y gritó.
¡Ploc!
De repente, sintió una gota caer desde el cielo.
¡Ploc!
Otra más.
Se levantó de un salto y miró hacia arriba, pero el cielo seguía cubierto por una espesa bruma. Entonces, una voz llegó a sus oídos.
«¡Álvaro, despierta, por favor!»
Abrió los ojos como platos.
—¡Mamá! ¡Mamá, eres tú! —gritó con todas sus fuerzas.
Pero solo el silencio de la niebla le respondió.
Al verla así, Luna y Alejandra intercambiaron una mirada de júbilo.
¡Perfecto! Seguro que Álvaro había muerto. De lo contrario, Nerea no vendría corriendo de esa manera. ¡Después de tanto esperar, por fin había llegado el día!
¡Clac!
La charola de comida se le cayó de las manos a Luna. Agarró a Nerea del brazo y preguntó con urgencia:
—Nerea, ¿le pasó algo a Álvaro?
Nerea asintió.
Al ver el gesto, Luna se emocionó aún más. Fingiendo una profunda tristeza, comenzó a llorar.
—¡Álvaro! ¡Tan joven! ¿No se suponía que Úrsula dijo que despertaría hoy? ¿Cómo pudo morir?
Alejandra también estaba exultante, pero su llanto era desgarrador.
—¡Tío! ¡Ni siquiera pudiste despedirte de mamá y de mí! ¿¡Por qué te fuiste!?
En un momento como ese, era crucial actuar con la mayor pena posible para no levantar sospechas.
Nerea, finalmente recuperando el aliento, se apresuró a aclarar:
—¡Señorita Luna, señorita Alejandra, lo entendieron mal! ¡El amo no ha muerto! ¡Ya despertó! ¡La señora me mandó a darles la buena noticia!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...