—Entendido.
De repente, Smith pareció recordar algo.
—¿Ya registraron la patente?
Solo con la patente se aseguraría de que ningún otro hospital pudiera robarle el derecho de uso. A partir de ese momento, la fórmula sería exclusivamente suya. Ni siquiera Úrsula podría volver a utilizarla.
—Ya está registrada.
Al decir esto, el encargado titubeó, con una expresión de duda en su rostro.
—Por cierto, director Smith, la señorita Violet vino anoche. Dijo… dijo que…
—¿Qué dijo? —preguntó Smith, entrecerrando los ojos.
El encargado, tras un momento de vacilación, decidió contarle todo.
—La señorita Violet dijo que este medicamento no cura la epilepsia, que solo produce un efecto temporal. Aseguró que en menos de quince días los pacientes sufrirán una recaída y podrían incluso morir. Director Smith, ¿de verdad vamos a lanzar el medicamento?
Smith soltó una carcajada.
—Seguro fue ese doctor de Mareterra quien la mandó a decir eso. ¿Cree que voy a caer en una trampa tan obvia?
Los mareterrenses siempre habían sido unos egoístas. Una persona como Úrsula no merecía ser doctora.
Leonor Suárez intervino:
—Hay otra posibilidad. Violet se arrepintió de haber dejado su equipo.
No solo había abandonado el equipo de Smith, sino también la oportunidad de hacerse un nombre en el mundo de la medicina. Era evidente por qué venía ahora con esas historias.
—Leonor tiene razón —asintió Smith—. Pero yo no le doy segundas oportunidades a los traidores. Armando, si vuelve a aparecer, simplemente ignórala.
Se fue cuando quiso, ¿y ahora pretendía volver? Las cosas no eran tan sencillas.
—Entendido —dijo Armando.
Smith se giró hacia Leonor.
Nos conocemos desde hace muchos años. Eres la persona en quien más confío en este mundo. Te pido que, después de mi muerte, dividas mi herencia en tres partes. Una para la tía abuela que me crio durante tantos años. La segunda, para Mariano, el hijo de Fernanda. Y la tercera, dónala a las comunidades más necesitadas.
No quiero un funeral. Un día soleado, esparce mis cenizas en el río.
He visto florecer la vida. No me arrepiento de nada en esta vida”.
Apenas unas líneas, sin una sola palabra sensiblera, pero suficientes para hacerle llorar a mares.
Justo cuando terminaba de leer, el timbre agudo del teléfono resonó en la habitación. Marcos sacó el celular e intentó que su voz no sonara alterada.
—Hola, ¿diga?
No podía llorar. Pedro seguía vivo. El médico había dicho que despertaría esa noche. No podía ser tan pesimista.
¡Plaf!
No supo qué le dijeron al otro lado de la línea, pero el celular se le cayó de las manos. Sintió que todas sus fuerzas lo abandonaban, como si fuera un globo desinflado. Cayó de rodillas, con la boca abierta en un grito silencioso y desgarrador.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...