Entrar Via

La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 691

La confianza de Marcela en la pericia de Úrsula era absoluta e inquebrantable. La de la abuela Cáceres, sin embargo, se había desvanecido. Al principio, parecía compartir su fe en la joven, pero tras escuchar la audaz declaración de Úrsula, su rostro reflejaba una clara desconfianza. Para ella, esa muchacha no era más que una joven presuntuosa, con un discurso tan grandilocuente como vacío.

—Aunque la Pastilla Smith pueda tener ciertos riesgos, todo en esta vida los tiene, ¿no es así? —dijo la abuela Cáceres, intentando justificar su decisión—. Además, Ami solo dijo que tenía confianza en poder curar a Adán, no que fuera una certeza. Si de todas formas vamos a asumir un riesgo, preferimos optar por la Pastilla Smith. Es un tratamiento más directo y rápido que la acupuntura y semanas de hierbas. ¡Quién sabe! Quizás Adán tenga suerte y con un solo ciclo de pastillas quede completamente restablecido.

—Paula, ¿has perdido el juicio? —replicó Marcela, con la voz cargada de incredulidad—. ¿Te has detenido a pensar qué pasará si la pastilla tiene las consecuencias nefastas que Ami nos ha advertido?

Quería gritarle si acaso deseaba enterrar a su propio hijo, pero se contuvo. No podía entender cómo su amiga podía ser tan imprudente, tan negligente con la vida de Adán.

La abuela Cáceres, por su parte, se sintió ofendida por la insistencia de Marcela. ¿Acaso no entendía la situación?

—Si hay consecuencias, Marcela, las asumiremos nosotros —respondió con un tono frío—. Tengo entendido que en el País del Norte ya se han vendido más de cuarenta mil dosis. Si el medicamento fuera tan peligroso como dice tu nieta, ¿te imaginas la catástrofe humanitaria que habría? ¡Sería una masacre! El profesor Smith es una eminencia, no se atrevería a comercializar un fármaco si no estuviera absolutamente seguro de su eficacia y seguridad.

—Abuela Cáceres, ya les he expuesto con toda claridad las causas y las posibles consecuencias —intervino Úrsula con una sonrisa serena y profesional—. Si a pesar de ello desconfían de mi criterio, a mi abuela y a mí no nos queda más que respetar la decisión que ustedes y su familia tomen.

Con calma, recogió su maletín de cuero. En la medicina, como en la vida, existe un principio de afinidad. No se puede forzar una cura, ni se puede interferir a la fuerza en el destino de otros.

—Abuela, es hora de irnos.

—Sí, vámonos —asintió Marcela, profundamente decepcionada.

La abuela Cáceres, sintiendo la tensión, las acompañó hasta la puerta principal.

—Marcela, tú y yo nos conocemos desde hace muchos años. Sabes que soy una persona directa y sincera —dijo, tomando a su amiga del brazo en un intento de reconciliación—. No es que desconfíe de Ami, de verdad que no. Es solo que no quiero que Adán sufra más con las agujas y los sabores amargos de las medicinas. Este niño ya ha pasado por demasiado. Solo deseo lo mejor para él. Por favor, no te enfades conmigo por esto.

—Como quieras —zanjó Marcela, dándose por vencida—. Lo que pienses ya no tiene importancia. Me voy.

Subió al carro y cerró la puerta con un golpe seco, sin mirar atrás.

—¡Qué carácter! —murmuró la abuela Cáceres, viendo cómo el lujoso vehículo se alejaba—. Cada año que pasa, se vuelve más terca y orgullosa.

En su mente, era Marcela la que estaba siendo irracional, y encima esperaba que ella, Paula, le pidiera disculpas.

De vuelta en la habitación, Jazmín ya le estaba dando la pastilla a Adán. Sin embargo, en la mente de él resonaban las serias palabras de Úrsula. Su rostro mostraba una profunda inquietud.

—Creo que... creo que mejor no la tomo —dijo finalmente, apartando la cara.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera