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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 694

—Por eso, te lo pido por favor, bajo ninguna circunstancia puedes acceder a ayudar a la familia Solano.

En un momento tan delicado, ayudar a los Solano no sería un acto de amistad, sino un suicidio social y empresarial.

—Sí, mamá, Emilio tiene toda la razón y ha considerado todos los ángulos —asintió Jazmín con urgencia—. ¡No puedes dejarte llevar por los sentimientos en un momento como este!

El escándalo de Úrsula no era un asunto trivial. Un solo paso en falso podría llevarlos a la ruina. La familia Cáceres no podía permitirse ese riesgo. En tiempos de crisis, la gente inteligente sabe cómo protegerse.

—Tranquilos, no he perdido el juicio hasta ese punto —dijo la abuela Cáceres, masajeándose la frente con cansancio.

Aunque apreciaba profundamente a Marcela, también sabía distinguir entre la lealtad a una amiga y la supervivencia de su propia familia.

Jazmín y Emilio respiraron aliviados al escuchar su respuesta.

—Marcela luchó toda su vida para llegar a la cima —suspiró la anciana con una mezcla de pena y resignación—, y pensar que ahora, en su vejez, va a caer por culpa de su propia nieta.

—Dicho con todo respeto —intervino Jazmín con crudeza—, si hubieran sabido la clase de persona que era, mejor la hubieran dejado donde estaba y no la habrían reconocido.

¿De qué servía traer de vuelta a alguien que solo traería la destrucción a la familia?

Mientras hablaban, caminaban por el espléndido jardín, donde Adán, de pie y con buen semblante, admiraba las flores.

Al fin y al cabo, fueron ellos quienes, desde el primer momento, se opusieron a que Úrsula, esa farsante, lo tratara. La abuela Cáceres sonrió, asintiendo.

—Jazmín tiene toda la razón. Siendo justos, el mayor mérito en todo esto es de ellos dos. Si Jazmín y Emilio no se hubieran movido tan rápido, si no hubieran conseguido la Pastilla Smith, no nos habría quedado más remedio que dejar que Úrsula te tratara.

Si hubieran dependido de ella, Adán seguiría postrado en la cama.

—Abuela, era mi deber como nieto —dijo Emilio con modestia, pero con un brillo de orgullo en los ojos.

La abuela lo miró, y su corazón se llenó de una inmensa satisfacción. ¡Su nieto, aquel niño que jugaba en el barro, se había convertido en un hombre hecho y derecho! El futuro de la familia Cáceres estaba en buenas manos.

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