¿Amelia?
¡Amelia!
Aurora sintió como si la cabeza le fuera a estallar. Estaba segura de que nunca antes había oído ese nombre, pero al escucharlo de boca de Elena y Leo, sintió unas ganas irrefrenables de llorar.
Soportando el dolor de cabeza, se acercó a ellas. —¿Quién es Amelia?
Al hablar, las lágrimas rodaron por sus mejillas como perlas de un collar roto. ¡No sabía qué le pasaba! No podía controlar el llanto.
Al verla así, Elena y Leo se miraron, y el miedo se reflejó en sus ojos.
"¿Qué le pasa a Aurora? ¿Se ha vuelto loca?".
Recordando las reglas del castillo, las dos se echaron a correr. Cuando empezaron a trabajar allí, el mayordomo les había advertido repetidamente que no debían hablar demasiado con Aurora, o se arriesgaban a perder su empleo.
Viendo a Elena y Leo huir, Aurora sintió que el dolor de cabeza se intensificaba. Además, unas risas extrañas resonaban en su mente.
"Ami".
"Mira qué linda es nuestra Ami".
"¿Quién es Ami? ¿Quién es?".
Aurora se golpeó la cabeza con las manos, intentando recordar algo, pero cuanto más lo intentaba, más le dolía.
"¡Buah, buah, buah!".
Luego, el llanto agudo de un bebé.
El rostro de Aurora se puso cada vez más pálido, y un sudor frío le perlaba la frente. Sintió que el mundo daba vueltas, perdió el equilibrio y todo se volvió negro.
¡Pum!
Se desplomó en el suelo.
Cuando el mayordomo y los demás llegaron, Aurora ya estaba inconsciente, con el ceño fruncido y restos de lágrimas en las mejillas. No reaccionaba, pero murmuraba algo. Sin embargo, su voz era tan débil que el mayordomo no pudo entenderla.
—¡Rápido, llamen a la doctora Marín! —ordenó, mientras indicaba que la levantaran.
Tina Marín no tardó en llegar con su maletín. La abuela Barragán, alertada por el alboroto, también acudió. Al ver a Aurora desmayada, entrecerró los ojos.
—¡¡¡Ah!!!
Abrió los ojos y, al ver a toda esa gente en la habitación, se quedó desconcertada. Un momento después, se giró hacia la abuela Barragán y le preguntó con urgencia: —Mamá, ¿quién es Amelia?
¿Amelia?
—¡Qué Amelia ni qué tonterías! —frunció el ceño la abuela—. ¡Se te ha ido la cabeza de tanto pensar en hombres! Si no tienes nada mejor que hacer, ¡vete a la capilla a copiar las escrituras! ¡Solo así podrás purificar esa alma tan fea que tienes!
Aurora no se atrevió a decir nada más. La cabeza todavía le dolía mucho. Se sentía como si tuviera un lío en la mente, incapaz de distinguir el norte del sur. Estaba pálida como un muerto.
La abuela Barragán entrecerró los ojos y le dijo al mayordomo: —Ve a buscar a la doctora Liana.
—Sí, anciana señora.
La mirada de la abuela se posó entonces en Tina. —Puedes irte.
Tina quiso decir algo, pero al encontrarse con la mirada de la anciana, se calló. Ella solo era una doctora, y la abuela Barragán era quien le pagaba.
Poco después de que Tina se fuera, llegó Liana Fields. Liana también era doctora en el castillo, algo mayor que Tina y, como ella, mujer. Para evitar que Aurora le pusiera los cuernos a Ismael, apenas había hombres en el castillo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...