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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 876

Para llevarse bien con la nuera, primero había que ganarse al perro de la nuera.

Además, Montserrat había visto videos de Amanecer que Úrsula había publicado.

¡Amanecer era un perro muy obediente e inteligente!

Julia: «…».

Montserrat, cuanto más miraba a Amanecer, más le gustaba. Le dio una orden a la sirvienta:

—Isidora, ve a la cocina y diles que hoy preparen más carne de res y salmón para el almuerzo. He oído que a los perros les encantan esas dos cosas. Un perro tan grande como Amanecer seguro come mucho.

Isidora asintió.

—Sí, señora, voy enseguida.

A partir de ese momento, a donde fuera Montserrat, ahí estaba Amanecer.

Incluso a la hora de comer, Amanecer se sentó junto a ella.

Cuando Esteban Arrieta llegó para el almuerzo y vio la escena, preguntó incrédulo:

—Abuela, ¿no que no te gustaban los perros?

Recordaba que de niño, cuando salía de compras con Montserrat, vio una tienda de mascotas y quiso comprar un cachorro para jugar, pero Montserrat se negó rotundamente.

En todos estos años, aparte de Blanqui, no había habido otra mascota en la mansión Ayala.

En ese momento, Esteban pareció darse cuenta de algo y entrecerró los ojos.

—Oye, este perro se parece mucho al Amanecer de mi reina Úrsula, ¿no?

Amanecer era muy fácil de reconocer.

Por lo menos, Esteban no había visto otro perro con esa mandíbula tan particular.

Julia sonrió.

—Así es, es Amanecer. Si no, ¿por qué crees que a tu abuela le gusta tanto?

¡Amor por extensión!

A Montserrat le gustaba Amanecer por su dueña, Úrsula.

—Con razón —dijo Esteban, acercándose para acariciar la cabeza de Amanecer—. Si Amanecer está aquí, seguro que mi reina Úrsula también vino, ¿dónde está?

Julia respondió:

—Úrsula está en el extranjero ahora mismo. Fue tu tío quien trajo a Amanecer.

Esteban asintió y se giró hacia Israel.

—Tío, ¿estás cuidando de Amanecer?

—Sí —asintió Israel.

Esteban continuó:

—Tío, he oído que últimamente has estado muy ocupado, ¿verdad?

—Sí, un poco —respondió Israel con voz grave.

Esteban sonrió.

—Tío, si estás tan ocupado, seguro que no tienes tiempo para cuidar de Amanecer. ¿Qué te parece si a partir de hoy lo cuido yo?

Israel dejó los cubiertos y miró a Esteban.

Aunque no dijo nada, solo con la mirada, Esteban sintió un escalofrío.

«¿Por qué… hace un poco de frío?».

Tras un momento, Israel respondió:

—Si Amanecer está de acuerdo, por mí no hay problema.

—¡Claro que Amanecer va a estar de acuerdo! —Esteban tomó un trozo de carne agridulce—. ¡Soy su hermano mayor!

Israel no dijo más y tomó una verdura con sus palillos.

Después de comer, Esteban tomó la correa.

—Tío, me llevo a Amanecer de regreso.

—De acuerdo. —Fue solo una palabra, y era casi imposible descifrar la expresión de Israel.

Que Israel cuidara al perro de Úrsula ya era extraño.

¡Pero que además se llevara tan bien con Amanecer!

A César nunca le habían gustado los chismes, pero hoy, al escuchar a su esposa y a su suegra, no pudo evitar comentar:

—¡Aquí hay gato encerrado!

César había observado la actitud de Israel hacia Amanecer.

No lo trataba como a una mascota.

¡Más bien como a un hijo!

César nunca supo que Israel tuviera esa faceta.

Julia y César intercambiaron una mirada.

—¿Tú crees que Israel y Úrsula estén saliendo?

César asintió.

—Me parece muy probable.

Dicho esto, añadió:

—Si es así, y juzgando por cómo trata a Amanecer, ¡te aseguro que en el futuro será un completo mandilón!

Al pensar en ello, el rostro de César se llenó de expectación.

Montserrat juntó las manos en un gesto de oración.

—Virgencita de Guadalupe, por favor, si ese niño logra conquistar a Úrsula, ¡te juro que hasta como tierra si me lo pides!

—¡Ejem, ejem!

Tanto Julia como César se atragantaron con las palabras de Montserrat. Julia se apresuró a decir:

—¡Mamá, no es para tanto! Aunque Israel conquiste a Úrsula, no tienes por qué comer tierra…

***

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