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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 922

En resumen.

La gente intentó todo lo que se les ocurrió.

Pero el Lago del Cisne era demasiado profundo.

Sin un salvavidas, nadie se atrevía a lanzarse a rescatarlo.

La abuela Blanco, sentada en el suelo, se rio.

—Les digo que no pierdan el tiempo. Ese chamaco malnacido hoy se muere.

Ya había pasado mucho tiempo.

Incluso si lo sacaban, seguro ya no estaría respirando.

Al pensar en eso, la abuela Blanco sintió una satisfacción inmensa.

En el camino al cielo, su adorado hijo ya no estaría solo.

—Vieja bruja, ¿cómo puedes ser tan cruel? —La gente estaba tan enojada que querían golpearla—. ¡Le advierto que a la gente como usted no le espera nada bueno!

A la abuela Blanco eso no le importaba.

¡Lo único que quería era que alguien acompañara a su hijo en la tumba!

—¡Mamá! ¡Mamá!

En ese instante, Zaida llegó corriendo desde un lado.

—¡Tengo malas noticias! ¡Malas noticias!

—¿Qué pasa? —La abuela Blanco levantó la vista hacia ella.

—Félix… ¡Félix desapareció! —dijo Zaida, sin aliento.

—¡¿Qué?! —La abuela Blanco se levantó del suelo de un salto—. ¿Dónde está Félix? ¡¿A dónde se fue?!

—No lo sé —continuó Zaida—. Dijo que quería un helado y fui a comprárselo. Cuando me di la vuelta, ya no estaba.

En ese momento, Zaida todavía sostenía un helado en la mano.

Al oír esto, la abuela Blanco, completamente transformada por la angustia, se dirigió a la gente que la rodeaba.

—¿Alguien vio a mi nieto? ¡Mi nieto desapareció! ¡Félix! ¡Félix! ¡¿Dónde estás?!

Tenía los ojos enrojecidos.

Su hijo había sido condenado a muerte.

Ahora, su nieto era su última esperanza.

Si a Félix le pasaba algo, ¡ella ya no querría vivir!

La gente que la observaba retrocedió unos pasos, sin molestarse en responderle.

Esa anciana era repugnante.

El hijo de otra persona se estaba ahogando y ella no movió un dedo.

Ahora que su propio nieto había desaparecido, se ponía así de desesperada.

Esto era justicia divina.

—Vaya, vaya, ¡y yo que pensaba que usted no tenía nietos!

—¡Exacto! ¡Así que usted también sabe lo que es la angustia!

—Cuando los viejos no siembran el bien, los descendientes pagan las consecuencias…

Zaida también estaba desesperada. Ni siquiera tuvo tiempo de entender lo que pasaba; lo más importante ahora era encontrar a Félix.

—Mi sobrino trae una camiseta azul y un pantalón tipo cargo negro —dijo—. Tiene como once o doce años, ¿alguien lo ha visto?

—¿Y no traía una gorra de esas con ventilador? —preguntó alguien entre la multitud.

—¡Sí, sí! —respondió Zaida emocionada al escuchar eso—. ¡Exacto, ese es mi sobrino! ¿Dónde lo vio, por favor?

La gente se miró entre sí y luego alguien dijo:

—Creo que el niño que se acaba de caer al agua traía una camiseta azul y una gorra con ventilador. ¡Vayan a la orilla del lago a ver!

Al oírlo, los ojos de la abuela Blanco se abrieron como platos.

—¡No! ¡No puede ser! ¡Mi Félix no se caería al lago! ¡Se equivocaron, seguro que se equivocaron!

Un vidente le había dicho que Félix, de grande, sería un hombre muy importante.

¡La familia Blanco esperaba que él les devolviera el prestigio!

«¿Será… será posible que sea Félix?».

«No, imposible».

«Hay muchos niños con ropa azul, no solo nuestro Félix».

En ese momento, Zaida de repente vio una gorra en la orilla.

—Mamá, mira, ¿esa no es la gorra de Félix? —preguntó.

La abuela Blanco levantó la vista de inmediato.

Efectivamente, vio una gorra idéntica a la que llevaba Félix.

Sintió que las fuerzas la abandonaban por completo. Se tambaleó hasta la orilla y la recogió.

—¡Sí! ¡Sí, es la gorra de Félix! ¡Es la gorra de Félix!

Aunque no quería admitirlo, reconocía perfectamente el olor de la gorra de su adorado nieto.

Al confirmarlo, la abuela Blanco rompió en un llanto desgarrador.

—¡Félix! ¡Félix! ¡Por favor, que alguien salve a nuestro Félix!

Zaida también se dirigió a la multitud, llorando.

—¿Hay alguna buena persona que sepa nadar? ¡Por favor, salven a mi sobrino! Mi hermano ya no está, ¡es el único sobrino que me queda!

Una señora a su lado miró a Zaida y suspiró.

—El agua del Lago del Cisne es muy profunda, ¿quién se va a atrever a meterse? No te desesperes, escuché que alguien de buen corazón fue a buscar un salvavidas. Cuando lo traigan, quizás todavía haya una posibilidad de salvar al niño.

Sin un salvavidas, incluso un nadador experto dudaría en meterse.

Después de todo, ¡el lago tenía cientos de metros en su parte más profunda!

¡Salvaidas!

Al oír esa palabra, Zaida se aferró a una nueva esperanza y miró a la abuela Blanco de inmediato.

—Mamá, ¿no trajimos nosotros un salvavidas? ¡Rápido! ¡Vaya a traerlo!

***

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