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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 923

¿Salvaidas?

Al oír eso, el rostro de la abuela Blanco se tornó pálido como la cera.

Nunca imaginó que sus propias acciones terminarían por dañar a su adorado nieto.

«¿Qué hago?».

«¿Ahora qué hago?».

¡Su adorado nieto!

Se arrepintió.

La abuela Blanco estaba verdaderamente arrepentida.

Si no le hubiera arrancado la válvula, ahora podría salvar a Félix.

Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, una tras otra.

Al ver que su madre no se movía, Zaida la urgió de nuevo:

—¡Mamá, apúrese! ¡Vaya ya!

En ese momento, alguien entre la multitud la reconoció.

—¿No es esa la vieja que le sacó el aire al salvavidas? ¡Dios mío! Es justicia divina. Hace un momento le pedimos el salvavidas y prefirió desinflarlo a prestárnoslo. ¡Todavía dijo que si se moría, se moría, que a ella no le importaba! ¡Y pensar que el que se estaba muriendo era su propio nieto!

—A los malvados siempre les llega su merecido.

—¿No estaba muy arrogante hace un rato? ¿Por qué ya no lo está?

—¡Y yo que pensaba que no tenía hijos! Resulta que también le toca rogarle a los demás.

—…

Al escuchar las voces de la gente, Zaida por fin entendió lo que había pasado. Miró a su madre, incrédula.

—¿Usted desinfló el salvavidas? ¿Por qué? ¡¿Por qué?!

Félix todavía tenía una oportunidad.

Pero ahora…

Lo que había hecho la abuela Blanco no era diferente de haber matado a Félix con sus propias manos.

Nadie sabía lo destrozada que estaba la anciana en ese momento.

—No sabía —dijo entre sollozos—. ¡Yo no sabía que el que se había caído era nuestro Félix! ¡Si hubiera sabido, jamás habría desinflado el salvavidas!

¡Cómo iba a saber que era Félix!

«Fue a propósito».

«Úrsula lo hizo a propósito».

«¡Ella sabía que era Félix y no me lo dijo!».

«¡Esa maldita mocosa!».

«¡Ella fue la que mató a mi nieto!».

La cara de Zaida era un poema.

—¡Aunque no supiera que era Félix, no debió haberle sacado el aire! ¿Sabe que lo que hizo es lo mismo que matar a alguien?

Zaida siempre supo que su madre no era una buena persona.

Pero nunca imaginó que pudiera ser tan malvada.

No solo había fallecido.

Sino que probablemente llevaba un buen rato así.

Después de todo, los minutos de oro para el rescate tras caer al agua eran muy pocos.

Si la abuela Blanco le hubiera dado el salvavidas en el primer momento, quizá Félix habría tenido una oportunidad.

Pero ahora…

Álvaro suspiró.

La abuela Blanco era detestable, sin duda.

Pero Félix no era más que un niño.

Aunque ya no respiraba, después de sacarlo del agua, los paramédicos sacaron el desfibrilador e iniciaron las maniobras de reanimación.

La abuela Blanco, a un lado, lloraba a gritos.

—¡Félix, mi Félix, no te puedes morir! ¡Si te mueres, cómo voy a vivir yo! ¡Tú eres la luz de mis ojos, mi niño! ¡Félix!

Zaida también se secaba las lágrimas a su lado.

Pero diez minutos después, los paramédicos detuvieron todos los esfuerzos. Se volvieron hacia la abuela Blanco y, con una expresión de profundo pesar, dijeron:

—Lo sentimos mucho. El niño superó el tiempo óptimo de rescate. Hicimos todo lo que pudimos.

Los ojos de la abuela Blanco se abrieron de par en par.

—¿Qué quiere decir? ¿Qué está diciendo? ¿Me está diciendo que mi nieto ya no tiene salvación?

***

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