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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 928

—Claro —asintió Israel—. Se los llevo mañana.

Montserrat abrió los ojos de par en par.

¿Había escuchado bien?

—Y otra cosa —continuó Julia—, ahora que sales con Úrsula, no seas codo. Recuerda darle seguridad a una chica. No se te olviden los cumpleaños ni los aniversarios, prepárale sorpresas, cómprale flores, bolsos, joyas y de vez en cuando hazle alguna transferencia.

—Entendido, hermana.

Montserrat no daba crédito.

¡Qué obediente!

Ni siquiera protestó. Solo asintió dócilmente.

¿De verdad ese era su hijo?

¡Si no lo hubiera visto con sus propios ojos, jamás lo habría creído!

—Hermana, ¿algo más? —preguntó Israel—. Tengo una videoconferencia más tarde.

—No, nada más. Sube a trabajar —dijo Julia, despidiéndolo con la mano.

Israel asintió y subió las escaleras.

Cuando su figura desapareció, Julia se volvió hacia Montserrat y sonrió.

—¿Lo ve, mamá? ¡Ese es el poder del amor! Cuando se trata de Úrsula, para Dulcecito no hay imposibles.

—De verdad que a cada quien le llega la horma de su zapato —dijo Montserrat, sonriendo.

Ver un cambio tan grande en Israel la hacía inmensamente feliz.

Había pensado que nunca llegaría a ver a sus nietos.

Ahora parecía que no solo era posible, ¡sino muy probable!

***

A la mañana siguiente, Israel invitó a Úrsula a comer a un restaurante de moda. De paso, le llevaría los regalos que le habían comprado Montserrat y Julia.

Habían quedado a las 11:30.

Israel llegó a las 11:10.

Apenas estacionó, recibió un mensaje de Úrsula. Le decía que había surgido un imprevisto en la empresa y que se retrasaría un poco.

Mientras caminaba hacia el restaurante, Israel le respondió: [Está bien, no te apures. Aquí te espero].

—¡Señor Ayala!

Justo después de responderle, escuchó una voz familiar.

Israel se giró y vio a Armando acercándose.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Israel.

—¡Vengo a declararme! —respondió Armando con una sonrisa.

Ya se había encargado de preguntar al asistente de Úrsula.

Sabía que ella vendría a comer aquí al mediodía.

Solo tenía que hacer que alguien, con cualquier pretexto, la llevara al piso de arriba.

—¿A declararte?

—Sí —asintió Armando—. Señor Ayala, ¿recuerda que la última vez me dijo que la escena que preparé no era muy buena? Bueno, pues hoy reservé los Jardines del Aire en el piso de arriba, lo decoré todo de nuevo y pienso declararme a mediodía. —Hizo una pausa y añadió—: Y, como usted me dijo, ¡hoy mandé a preparar diez mil una rosas!

Armando había aprendido mucho de Israel sobre cómo declararse.

Por ejemplo, que diez mil una rosas significaban que ella era única entre un millón.

—Solo tiene novio, no está casada. Todavía tienes derecho a competir con él por ella, y ella tiene derecho a elegir. Es cierto que has sido un poco mujeriego, pero no importa, al fin y al cabo eres un noble del País del Norte. Si demuestras que has cambiado, quizá la conmuevas.

—¿De verdad? ¿Cree que de verdad puedo conmoverla? —Armando pareció recuperar algo de confianza.

—La clave es la perseverancia —asintió Israel.

Luego, miró su reloj.

—Tengo que bajar a esperar a mi novia. Te deseo éxito en tu declaración.

—¡Gracias, señor Ayala! ¡Le aseguro que perseveraré! —dijo Armando con una sonrisa—. Lo acompaño abajo.

Israel no se negó.

Apenas llegaron a la planta baja, Armando vio una figura familiar acercándose.

Llevaba una blusa blanca sin mangas y un pantalón tipo cargo negro. El cabello recogido en un chongo alto le daba un aire increíblemente genial.

—¡Señor Ayala, mire! —exclamó emocionado—. ¡Esa es la persona a la que me le voy a declarar!

—¿Dónde? —preguntó Israel.

—La que lleva el pantalón cargo negro —señaló Armando—, la que es guapísima y tiene un aire muy *cool*.

Israel levantó la vista y vio a Úrsula caminando hacia ellos.

Era verano.

La mayoría de las chicas en el restaurante llevaban vestidos o shorts. La única con pantalones tipo cargo era ella.

La expresión de Israel cambió por completo. Se giró hacia Armando, entrecerrando los ojos.

—¡¿Qué dijiste?! ¡¿A quién le vas a declarar tu amor?!

***

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