El rostro de Israel se volvió gélido.
Como una capa de hielo impenetrable.
Sus ojos brillantes se llenaron de una furia oscura que dejó a Armando paralizado, sin atreverse siquiera a respirar.
Él… él no creía haber hecho nada malo.
¿Por qué el señor Ayala lo miraba de esa manera?
—Continúa —dijo Israel con los labios apenas entreabiertos—. ¿Cómo se llama la persona a la que te le vas a declarar?
La voz de Israel era aún más fría.
La presión en el ambiente se volvió asfixiante.
Armando luchó por mantener la calma, tragó saliva y continuó:
—A… Amelia.
¡Amelia!
Al escuchar ese nombre, Israel soltó una risa.
«Ah».
«Perfecto».
«Simplemente perfecto».
Con razón Armando no paraba de decir que era excepcional, hermosa y que estaba llena de virtudes.
¡Maldita sea!
¿Cómo no iba a ser excepcional su novia?
Nadie sabía el arrepentimiento que sentía Israel en ese momento.
Solo de pensar que había estado ayudando a su rival a conquistar a su propia novia, le daban ganas de darse una bofetada.
Debió haber sospechado desde el principio.
En este mundo, aparte de su novia, ¿quién más podría tener tanto encanto como para dejar a Armando hecho un idiota?
La risa de Israel solo puso más nervioso a Armando.
Era una risa que rara vez le había visto, una sonrisa que dejaba claro que no consideraba a nadie a su altura.
La última vez que lo vio reír así fue en el campo de batalla de un país enemigo.
Justo después, había aniquilado a todo un pelotón.
Hasta el día de hoy, Armando recordaba la imagen de Israel caminando hacia él entre las llamas. Aunque estaba cubierto de heridas y su rostro manchado de sangre, ¡tenía el control absoluto del universo!
Podía mover los hilos del mundo a su antojo.
¡Y hoy!
Hoy Armando volvía a ver esa sonrisa familiar.
Nadie sabía el miedo que sentía en ese momento.
«¿Qué está pasando?».
«¿Acaso al señor Ayala también le gusta Amelia?».
«Pero, ¿no tenía ya novia?».
Armando le había oído decir una vez que su novia se apellidaba Méndez.
¿Será que Israel también se había enamorado de Amelia a primera vista?
¡Sintió como si el cielo se le cayera encima!
¿Qué… qué?
¿Qué acababa de decir el señor Ayala?
¿Dijo que era el novio de quién?
¡¡¡El novio de Amelia!!!
¡El terror se apoderó de los ojos de Armando!
Si el señor Ayala era el novio de Amelia…
Entonces, ¿él qué era?
¡Dios mío!
Armando no se atrevía ni a pensar en todo lo que había hecho últimamente.
—Señor… Señor Ayala, está bromeando, ¿verdad? —Armando respiró hondo y, enfrentando un miedo inmenso, miró a Israel—. ¿Su novia no se apellida Méndez?
¿Acaso el señor Ayala había cambiado de novia?
¿Qué estaba pasando?
—¿De verdad no lo sabes o te haces el que no sabe? —dijo Israel, entrecerrando los ojos.
Armando estaba a punto de llorar.
—Yo… ¿qué debería saber?
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...