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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 960

La voz de Israel era suave y despreocupada, ¡pero fue como si hubiera lanzado una bomba en la sala!

—¿De verdad? —Julia abrió los ojos como platos—. ¿En serio te lo puso Úrsula? He visto en internet que ponerle una marca de labial a la camisa de tu novio es como para declarar que es tuyo, para decirles a las demás chicas solteras que este hombre ya tiene dueña.

Pensaba que alguien con la personalidad fría de Úrsula desdeñaría hacer algo así.

Julia realmente no se esperaba que Úrsula tuviera un lado tan adorable.

No se lo podía ni imaginar.

—Tan real como que estoy aquí. —Llegado a este punto, Israel asintió, manteniendo su semblante serio de siempre—. Ah, así que eso significa declarar que es tuyo.

A Montserrat se le olvidó al instante el interés por los parientes lejanos de César. Se acercó de inmediato a Israel y le dio una palmada.

—¡Bien hecho, muchacho! ¡Qué orgullo! ¡De verdad que me haces quedar bien!

Si las cosas seguían a este ritmo, no faltaría mucho para que Úrsula se convirtiera en su nuera.

Montserrat se emocionaba cada vez más al pensarlo y añadió:

—Si te casas con Úrsula, hasta te dedico una página entera en el árbol genealógico de la familia.

Julia se quedó sin palabras.

—¡Mamá, qué ocurrencias tienes!

—¡No estoy bromeando! —dijo Montserrat con cara seria—. Ahora todo depende de que este muchacho tenga lo que se necesita.

—Haré lo posible por no defraudar sus expectativas —dijo Israel, tomando su saco—. Mamá, voy a subir. Tengo algunos asuntos de trabajo que atender. Me llaman cuando esté la cena.

—Anda, pues —asintió Montserrat.

Mientras miraba la espalda de Israel, Julia continuó:

—Por cierto, Corazoncito...

Al oír de nuevo su apodo de la infancia, Israel se masajeó las sienes y se dio la vuelta.

—¡Hermana, ya crecí!

—¡Bueno, bueno, ya no te digo Corazoncito! Israel, ¿sabes en qué anda metido Esteban últimamente? Desde que volvimos de ver la migración de los animales, ¡no ha vuelto a casa! Si le pregunto, dice que está ocupado. A saber si regresa a cenar esta noche.

Esteban acababa de empezar a salir con la chica de sus sueños, y como la relación aún no era estable, planeaba esperar a que se consolidara para darles la sorpresa a sus padres y a Montserrat. Por eso no había dicho nada todavía, e incluso le había pedido a Israel que guardara el secreto.

Y como era una promesa, Israel, naturalmente, iba a mantener la boca cerrada.

—No estoy muy seguro de los detalles. Creo que está ocupado con una obra.

—¡Ah, ya! —Julia asintió y no preguntó más.

Israel subió al estudio y se puso a trabajar.

Hasta las siete de la noche, más o menos.

Se escucharon los gritos de Esteban desde las escaleras.

Era una *selfie*.

El rostro estaba cubierto de marcas de besos con labial rojo y, lo más importante, entre los rasgos se podía distinguir que... ¡era Israel!

Esteban abrió los ojos como platos.

—¡No puede ser, tío! ¿Quién es? ¿Quién le dejó así?

La expresión de Israel cambió.

—¿Quién te dio permiso de ver mi celular?

—No lo vi a propósito, lo juro —dijo Esteban, levantando tres dedos y jurando por todos los santos—. Usted lo dejó sin bloquear, yo lo vi sin querer.

Israel lo miró.

—Está bien, te perdono por esta vez.

Esteban continuó:

—Tío, ¿aún no me ha dicho quién lo dejó así? ¡Qué salvaje!

—Mi novia —dijo Israel, sílaba por sílaba.

—¿La reina Úrsula? —Al oír la respuesta, Esteban se quedó aún más incrédulo—. ¡Imposible! ¡Eso es completamente imposible! ¡La reina Úrsula jamás haría algo así!

***

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