Valentín sacó su celular, pero estaba descargado.
Tomó el cable del coche y lo conectó.
Ariel pensó que, en realidad, era mejor así. Primero tendrían que soportar la tormenta que les esperaba con el director Figueroa; la revelación sobre la identidad de Esperanza podía esperar un poco más.
Si le caían las dos bombas de golpe, su jefe podría colapsar ahí mismo.
—Señor, el director Figueroa está enfurecido porque perdimos la licitación debido a un asunto personal suyo. Detener a la prensa nos costó muchísimo dinero y tuvimos que mover demasiadas influencias.
Valentín sopesó la situación rápidamente y ordenó:
—Vamos primero a la empresa. Necesito recoger el archivo del proyecto sobre la patente del señor Yago.
—Enseguida —respondió Ariel. Condujo hasta las oficinas del Grupo Vértice, subió por los documentos y luego puso rumbo directo a la residencia de la familia Figueroa.
El coche ingresó a los terrenos de la propiedad.
Como era la hora de la cena, la familia Figueroa estaba reunida en el comedor. El mayordomo se acercó para anunciar:
—Señor, el director Salinas y su asistente Ariel han llegado.
Bruno y su hermana Renata levantaron la vista de sus platos al mismo tiempo.
Un brillo fugaz cruzó por la mirada de Renata Figueroa.
El director Figueroa, sin dejar de comer, ordenó con frialdad:
—Que nos esperen en la sala de juntas.
—Como ordene, señor —respondió el mayordomo, retirándose.
Renata hizo el ademán de hablar, pero una mirada fulminante de su padre la silenció al instante.
—Bájale a tus ilusiones —le advirtió el hombre—. Ya te he dicho que Valentín lleva años casado. Y aunque no lo estuviera, ya tiene a otra en la cabeza. No te andes rebajando.
Renata bajó la mirada, murmurando:
—Pero tampoco podemos dejarlos ahí esperando con el estómago vacío.
—Con las pérdidas millonarias que le acaba de causar al corporativo, que se salte una comida es lo de menos —sentenció el director con el rostro endurecido.
Bruno, intentando aliviar la tensión, le sirvió comida a su padre.
—Papá, prueba esto, está buenísimo.
—Hermana, tú también come más —añadió, pasándole un plato.
Con ese gesto, logró suavizar la breve disputa familiar.
El director Figueroa suavizó un poco su tono.
—Terminemos de cenar primero. Y ya olvídate de Valentín. Sé que ni siquiera te gusta tanto. Mejor deberías enfocar tus energías en atrapar a Benicio.
Renata soltó un bufido.
—Con el poder que tiene la familia Córdova, a ellos les viene valiendo el matrimonio por conveniencia. Yo sola no puedo hacer milagros. Benicio no tiene ni una gota de caballerosidad, es tan insoportable que ni las moscas se le acercan.
—A eso se le llama ser un hombre respetable y decente —la corrigió su padre.

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