Valentín sabía que el director Figueroa lo estaba ignorando a propósito. Por supuesto, él podía mantener la calma; si no pudiera, no estaría sentado en el puesto de director general del Grupo Vértice.
Ariel alcanzó a ver las siluetas del director Figueroa y de Bruno, y de inmediato se puso de pie.
—Director Salinas, el director Figueroa ya está aquí —dijo.
Valentín también se levantó.
—Director Figueroa, Bruno.
—Mhm. —El director Figueroa asintió levemente. No tenía su sonrisa habitual, lo que dejaba claro que seguía furioso.
Valentín admitió su error al instante:
—Por motivos personales causé que la empresa perdiera la licitación y le traje daños a su reputación. Lo lamento profundamente. Mañana iré en persona a la sede central para pedirle disculpas a los accionistas.
—La pérdida de la licitación ya es un hecho. Esta es mi propuesta para solucionarlo, le pido que la revise, director Figueroa.
Ariel le entregó el documento a Valentín, y este se lo ofreció al director con ambas manos.
El director Figueroa le hizo una seña a su hijo para que lo tomara.
—Aunque la patente de investigación que tiene el señor Yago no se compara con el proyecto nacional de microchips, sigue siendo una tecnología por la que muchas empresas se pelearían —explicó Valentín—. Ya hablé con el señor Yago. No está dispuesto a vender la patente, pero consideraría una asociación. Si el Grupo Vértice logra cerrar un trato con él e incorporar esta tecnología, igual obtendríamos grandes márgenes de ganancia, además de elevar nuestro prestigio y competitividad en la industria.
Bruno le pasó la propuesta a su padre. De pronto entendió por qué valoraba tanto a Valentín y tenía la intención de integrarlo a la junta del Grupo Figueroa.
Ante un contratiempo imprevisto, había sabido mantener la compostura y, además, sacar un plan de contingencia de inmediato.
Eso no era algo que se lograra improvisando de un momento a otro.
El director Figueroa leyó la propuesta con detenimiento y luego miró a Valentín. Su mirada ya no era tan fría como antes.
—Los accionistas van a exigir una explicación —comentó.
—Así es —asintió Valentín, notando que el presidente parecía bastante satisfecho con su plan de respaldo.
—En una licitación nunca se tiene el éxito garantizado, pero que tu vida privada haya afectado a la empresa es tu culpa —lo reprendió el director Figueroa, como era su deber.
—Ya vete. Hoy tu padre fue al Grupo Vértice a preguntar por ti, pero les prohibí a los empleados que anduvieran de chismosos —le advirtió el director Figueroa—. Valentín, tienes que tener muy claro qué es más importante, si tu carrera o las mujeres. No dejes que unos amoríos arruinen tu reputación y tu futuro.
Era una advertencia clara: ya que estaba casado, debía comportarse y no dejar que esos asuntos fueran un obstáculo.
—Le agradezco el consejo, director Figueroa. —Valentín salió ileso de su reunión con los Figueroa.
Al regresar al coche, se bebió media botella de agua fría de un solo trago.
La batería de su celular ya estaba cargada al cien.
Valentín tomó el celular y abrió las noticias del día.
El titular de que el proyecto nacional de microchips y el Grupo Córdova habían firmado un acuerdo estratégico a las tres de la tarde ya estaba en primera plana.
Hizo clic para abrir la nota.
La foto de Benicio y Esperanza dándose la mano frente a las cámaras apareció de inmediato en su pantalla.

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