Aunque al principio Vanesa había dicho que ella iba a invitar, cuando llegó la hora de pagar, el mesero le informó que Jaime ya se había adelantado y había cubierto la cuenta.
—Presidente Morán —Vanesa lo miró fijamente, con un tono entre resignado y divertido—, ¿no quedamos en que yo invitaba hoy?
—Perdón —contestó Jaime, tan seguro como siempre—. Se me olvidó.
Vanesa se quedó viendo esa media sonrisa que él tenía en los labios, sutil pero imposible de ignorar. De repente, se dio cuenta de que el presidente Morán tenía un talento especial para hacerse el desentendido cuando le convenía.
—Si de verdad su memoria es así de mala, presidente Morán, debería llevar una lista de recordatorios —le soltó Vanesa, con una sonrisa que no era sonrisa.
—En mi lista solo apunto lo que de verdad importa —replicó Jaime, mirándola de reojo—. Por ejemplo, que la señorita Galindo todavía me debe dos comidas.
—¿Ah, sí? —Vanesa ladeó la cabeza, divertida—. No, yo no debo nada.
Al cruzar la mirada con Jaime, imitó el tono que él había usado antes:
—Perdón, pero ya se me olvidó.
Jaime soltó una risa baja, genuina. En sus ojos se reflejaba ese destello travieso de Vanesa, y su expresión se suavizó, como si nada en el mundo le importara más que ella.
—No pasa nada, mientras yo lo recuerde, está bien.
Justo cuando estaban por salir, al dar vuelta en el pasillo se toparon de frente con alguien conocido.
Pablo.
Él estaba ahí, a unos cinco pasos de distancia, vestido con un abrigo oscuro, los hombros salpicados por gotas de lluvia. Su mirada permanecía clavada en Vanesa, como si el tiempo se hubiera detenido para él.
Apretaba con fuerza una sombrilla negra, de la que caían gotas que formaban pequeños círculos oscuros en el piso.
Vanesa se tensó de inmediato.
No esperaba encontrar a Pablo en ese lugar, ni mucho menos en ese momento.
Podía sentir la mezcla de emociones en la mirada de Pablo: había algo de inconformidad, duda y hasta un dejo de terquedad.
—Qué coincidencia, Jaime, señorita Galindo —la voz de Pablo sonaba más grave de lo normal, con un matiz áspero al final.
Sin apartar los ojos de Vanesa, añadió:
—Quedé de cenar aquí con un amigo. No creí que los encontraría.
Jaime, sin perder la calma, dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre Pablo y Vanesa.
—Sí, qué coincidencia.
Jaime bajó la mirada y notó ese gesto sutil de Vanesa. Una chispa de calidez le cruzó por el fondo de los ojos.
—Sí, vamos.
Vanesa caminó junto a él, sintiendo en la espalda la mirada de Pablo, tan punzante como una aguja.
...
Ya dentro del carro, fue Vanesa quien rompió el silencio:
—Antes, yo creí que mi prometido era Pablo.
Aunque todavía le apenaba mencionarlo, no quería esconderle nada a Jaime.
—Fue un error mío —suspiró Vanesa—. No me tomé el tiempo de aclararlo bien.
—Con razón —Jaime arqueó las cejas, divertido—. Por eso te la pasabas diciendo que querías mantener tu distancia conmigo.
Vanesa sintió que las orejas le ardían.
—Quedamos en que no ibas a sacar ese tema…

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