En cuanto Vanesa empezó a platicar con su mejor amiga, Cynthia, ya no pudo callarse:
—He tenido algunos encuentros con Pablo, y la verdad me cayó bien. Es muy amable, mucho mejor que Raimundo, eso seguro.
La imagen de Pablo apareció de inmediato en la mente de Vanesa.
Sin duda, Pablo destacaba por su atractivo, pero además era un genio de la pintura. En el círculo de las familias poderosas de Puerto San Sebastián, todos lo respetaban tanto por su talento como por su carácter.
Así que el prometido que su papá le había conseguido era alguien de la familia Morán.
De pronto, Vanesa recordó a Jaime.
¿Será que Jaime ya sabía lo de la alianza entre sus familias?
En las últimas semanas, Jaime la había ayudado en varias ocasiones… ¿Podría ser porque sabía que ella sería su futura cuñada?
Cynthia siguió hablando por un buen rato sin notar el silencio de Vanesa al otro lado del teléfono, hasta que preguntó:
—¿Qué te pasa, Vane?
—Nada, tranquila —Vanesa salió de sus pensamientos—. Mejor aquí la dejamos, tengo que apurarme en la tarde, voy a comer algo rápido.
—Va, te espero cuando regreses a Puerto San Sebastián. Un beso.
Después de colgar, Vanesa apenas probó un par de bocados y dio por terminado el almuerzo.
Tenía que ir a una reunión con la empresa del cliente. Ya en el carro, Vanesa buscó el nombre de Pablo en su celular.
Las noticias sobre Pablo inundaban la red. Aunque él solía ser discreto, su fama como genio de la pintura era demasiado grande, y pronto se celebraría una exposición de sus obras.
Decían que, cuando tenía quince años, una de sus pinturas se vendió por varios millones de dólares en una subasta internacional.
Muchos de sus cuadros habían sido adquiridos por coleccionistas de todo el mundo.
Definitivamente, se había ganado a pulso el título de genio.
Sin embargo, Pablo no solía vender muchas de sus pinturas.
Había incluso un rumor en internet que aseguraba que Pablo tenía un cuadro guardado en su taller privado desde hacía años, una obra que nadie más había visto y que nadie sabía qué representaba.
Nadie tenía claro si esa historia era verdadera o solo chisme.
Era el de Raimundo.
La ventanilla trasera bajó y, tal como lo temía, apareció el rostro de Raimundo.
—Sube —ordenó, sin siquiera mirarla, con un tono autoritario.
Vanesa no solo se negó, sino que retrocedió un par de pasos.
—No hace falta, presidente Ávalos.
—Vane, llevas días sin regresar a casa. Hoy vine especialmente por ti y aun así te pones así —replicó Raimundo, con el semblante sombrío—. Mi mamá está preocupada por ti. Insistió en que hoy te llevara a casa. Preparó varios de tus platillos favoritos...
—Presidente Ávalos, esa es su casa —lo interrumpió Vanesa—. No la mía.
—Tú...
En ese momento, otro carro se acercó y se detuvo justo delante del de Raimundo.
La puerta se abrió y, de inmediato, un hombre alto y de figura esbelta bajó del vehículo.

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