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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 107

C107-SABOTAJE

Días después, el salón principal del palacio brillaba con luces cálidas. Había flores blancas en cada rincón, bandejas de plata con dátiles y café. Los jeques aliados ocupaban los sofás en semicírculo, las mujeres de la familia en el ala derecha, los hombres de la tribu a la izquierda.

Era el cumpleaños de Zayd Al-Rashid y el palacio lo sabía en cada detalle.

Zayd estaba sentado en el centro con el thobe blanco y el bisht negro sobre los hombros. Ibrahim a su derecha, con esa cara suya de quien evalúa todo sin decir nada. Sila a su izquierda, serena, con las manos cruzadas sobre el regazo.

Y Jade sonreía desde su lugar.

Había organizado cada centímetro de esa velada. La música, la disposición de los invitados, el orden del servicio, los colores de las flores. Dos años haciendo esto le daban una ventaja que nadie podía quitarle en una noche.

O eso creía.

Pero también había preparado algo más, algo que nadie vería venir excepto ella.

Tres días antes, Hala había escuchado a Mariam hablando con Yasmine en el corredor del ala este. Solo fragmentos, pero suficientes. El relicario. La arena. Las dunas de los Al-Rashid. Hala se lo contó a Jade esa misma noche, y ella había actuado antes del amanecer siguiente.

Un mensaje al vendedor del zoco de Al-Murabba, una instrucción simple. Y el vendedor, que no sabía nada de linajes ni de política de palacio, había empaquetado arena de Al-Qassim en lugar de la que Mariam había pedido.

Un error que no era error.

Desde su lugar, Mariam se puso de pie cuando llegó el momento con la bandeja pequeña entre las manos y el cofre de madera tallada encima. Había practicado esto, las palabras, el tono, el ángulo exacto de inclinación.

Umm Faris la había hecho repetirlo cuatro veces.

Caminó hacia Zayd con la espalda recta y los ojos al frente.

—Mi señor —dijo con voz clara, para que todos escucharan—. En tu cumpleaños quería regalarte algo que viene de mi corazón.

Abrió el cofre y adentro, sobre terciopelo oscuro, descansaba un relicario de plata con filigrana trabajada a mano.

Lo sostuvo en alto con las dos manos.

—Contiene arena del desierto. De las dunas donde los Al-Rashid comenzaron su linaje. —Hizo una pausa con el corazón latiéndole a toda velocidad—. Sé que en nuestra cultura, regalar tierra del origen es regalar pertenencia. Es decirle a un hombre que reconoces de dónde viene su sangre, y que te inclinas ante eso con respeto. —Levantó los ojos hacia Zayd y él vio el amor, la expectación, el orgullo—. Aunque me fui, siempre supe de dónde venías y ahora he vuelto para quedarme.

Los invitados murmuraron.

Fue un sonido aprobatorio, cálido. Varias mujeres de la familia intercambiaron miradas, Sila bajó los ojos con una sonrisa pequeña que nadie más vio.

Entonces Zayd tomó el relicario y lo miró durante un segundo, estaba a punto de hablar, cuando Jade se puso de pie.

Lo hizo despacio, con esa elegancia calculada que ensayaba frente al espejo, la voz le salió dulce, casi preocupada, que era siempre su tono más peligroso.

—Qué detalle tan original, prima. —Inclinó la cabeza—. Lástima que la arena que compraste en el zoco de Al-Murabba no sea de las dunas de los Al-Rashid.

El murmullo cambió de temperatura.

—Es de las dunas de Al-Qassim —continuó Jade—. Otro linaje, otra historia completamente distinta.

Mariam sintió el frío subirle por el pecho antes de que su cabeza terminara de procesar las palabras.

—Yo... —empezó.

—¿No lo sabías? —Jade abrió los ojos con una compasión tan falsa que dolía más que el insulto directo—. Qué pena. Claro que si no hubieras pasado dos años occidentalizándote en América, habrías sabido distinguir la arena de un linaje del de otro. Es algo que cualquier mujer de esta familia aprende desde niña. —hizo una pausa perfectamente medida—. Pero no te preocupes. Seguro que Zayd lo va a apreciar igual. Al final, es la intención lo que cuenta, ¿no?

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