C108- LA DANZA DEL DESEO
Mariam se puso de pie.
Sila levantó los ojos hacia ella con una preocupación que no alcanzó a disimular. Yasmine, desde su rincón, puso los ojos en blanco y apretó los labios como quien se prepara para ver un accidente y Jade sonrió desde su lugar.
Una sonrisa tranquila, segura, de quien ya sabe cómo termina la historia.
Mariam se quitó los zapatos, los dejó junto a la silla con un movimiento preciso, sin apuro.
Respiró hondo una vez.
Y cuando la música volvió a sonar, empezó a moverse.
Pero contrario a lo que Jade esperaba, no hubo torpeza, no hubo rigidez. Sus pies encontraron el ritmo antes de que el salón terminara de procesar que ya estaba bailando.
Las caderas se le movieron con una fluidez que no se aprende en una semana ni en un mes. Era el tipo de movimiento que viene de años, de repetición, de haberlo hecho sola frente a un espejo en un apartamento de New York, un martes por la noche porque era la única forma que encontró de no olvidar de dónde venía.
Había tomado esas clases para sentirse cerca de algo que había dejado atrás.
Para no perder el hilo.
Para que su cuerpo recordara lo que su mente a veces dudaba.
Ahora ese hilo le salvaba la noche.
El traje rojo que llevaba debajo de la abaya exterior apareció cuando se la quitó con un solo movimiento. Rojo oscuro, con bordados dorados en el borde del corpiño y en la cadera, una tela que se movía con ella como si fuera parte de su piel y su vientre apenas abultado, quedó visible bajo la tela semitransparente de la falda.
No lo ocultó. No tenía ninguna intención de cubrirlo.
Lo llevó con ella, mientras los invitados se quedaban quietos.
Entonces, Zayd se enderezó en su asiento.
No fue un movimiento consciente, su cuerpo lo hizo solo, como cuando uno escucha un sonido que no esperaba y el instinto responde antes que la razón. Sus codos se apoyaron en las rodillas y sus ojos se fijaron en Mariam con una concentración que no le dejó espacio para nada más.
Ella se movía con los brazos abiertos, las muñecas girando con esa precisión característica de la danza del Golfo, el cuerpo inclinándose hacia atrás con una confianza que no pedía permiso, mientras las caderas marcaban cada tiempo con una exactitud que no era exhibición sino dominio.
Había diferencia entre las dos cosas y el salón entero la sintió aunque no supiera nombrarla.
Zayd tragó saliva.
Se acomodó en el asiento de nuevo, cruzó una pierna sobre la otra, mientras sus ojos seguían cada movimiento sin detenerse en ninguno en particular porque todos merecían atención, más cuando Mariam giró y la tela roja se abrió alrededor de sus piernas, él apretó la mandíbula.
Entonces ella se acercó.
Bailó hacia él con pasos lentos, sin romper el ritmo, sin dejar de moverse. Sus dedos rozaron el borde del bisht negro con una ligereza que podría haber sido accidental si sus ojos no lo hubieran estado mirando fijo en ese momento exacto.
Como una provocación sin palabras, un desafío sin gritos.
Zayd no se movió, pero la vena en su sien palpitó.


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