C113-REPRIMENDA
Baron se levantó del suelo con el labio partido y una sonrisa torcida que Yasmine habría querido borrarle de la cara con la mano abierta. Sin embargo, lo ignoró y se giró hacia el vendedor, que seguía en el suelo rodeado de cables y adaptadores y lo que quedaba de su puesto, y empezó a hablar en árabe con una calma que era exactamente lo contrario de lo que tenía por dentro.
Le preguntó el precio de cada pieza dañada.
El hombre fue nombrando cifras con una mezcla de furia y sorpresa, porque claramente no esperaba que nadie fuera a pagarle nada. Yasmine sacó el monedero, contó los billetes sin apresurarse, los puso en la mano del vendedor y añadió un poco más.
El hombre la miró y ella lo miró de vuelta.
Finalmente asintió, recogió el dinero y empezó a levantar sus cosas del suelo sin decir nada más.
Solo entonces Yasmine se giró hacia Baron, se acercó hasta quedar a medio metro de él. Lo miró de arriba abajo con esa expresión suya de inventario completo, desde el labio sangrando hasta los zapatos, y cuando habló lo hizo en voz baja, entre dientes, evidentemente enojada.
—Eres un ahmaq de manual. (Un idiota de manual) ¿Sabes eso?
Baron abrió la boca.
—¿Cómo me llamaste? Solo quería un cargador y ese…
Yasmine levantó un dedo silenciándolo.
— ¿Te peleaste con un hombre el doble de tu tamaño por un cargador de quince riyales?
—Él empezó —dijo Baron.
—Claro que él empezó. —La voz le subió un grado sin perder el control—. Porque tú llegaste a su puesto sin hablar una sola palabra de árabe, señalando cosas como si él fuera tu asistente personal, y cuando no te entendió lo miraste como si el problema fuera suyo. —negó ofuscada—. Eso es lo que hacen los americanos, ¿verdad? Llegan a cualquier parte del mundo esperando que el mundo les hable en su idioma y cuando no lo hace, se ofenden.
La sonrisa de Baron se fue borrando.
—Yo no...
—Siempre iguales. —Yasmine siguió sin darle espacio—. Convencidos de que el mundo entero existe para facilitarles la vida. De que su comodidad es una prioridad universal. De que si alguien no los entiende, el problema es del que no entiende.
Baron ya no tenía sonrisa. Tenía una expresión que iba entre la sorpresa genuina y algo que se parecía bastante a la vergüenza, aunque todavía no había terminado de aceptarlo.
—Yasmine...
—Cállate. Todavía no termino.
Él cerró la boca.
—Estás escondido en Riad, en un país que no es el tuyo, en una situación que podría terminar muy mal para ti y para las personas que te están ayudando. —Lo dijo mirándolo fijo, sin parpadear—. Y en lugar de quedarte quieto, saliste al mercado a pelearte con un vendedor de repuestos electrónicos porque no encontraste el cargador correcto.

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