C112- EL CARGADOR
El barrio de Al-Aziziyah a esa hora tenía esa vida específica de los lugares que no duermen del todo. Puestos de comida con luz de neón, talleres mecánicos con las puertas a medio cerrar, hombres sentados en sillas de plástico afuera de tiendas tomando té.
No era el Riad de los centros comerciales y los hoteles de cinco estrellas.
Era el otro, el que existía debajo de todo lo demás.
Kerem había conseguido un espacio en un taller de repuestos que pertenecía a un primo segundo de un conocido de alguien, que era exactamente el tipo de cadena de favores en la que Kerem se movía como pez en el agua. Baron llevaba días ahí, durmiendo en un cuarto en la parte trasera, comiendo lo que Kerem traía, y volviéndose loco de la manera silenciosa y controlada que tenían los americanos cuando no podían hacer nada.
Ese día Kerem lo había llevado al mercado de Al-Aziziyah a comprar ropa que no lo hiciera ver como turista perdido, que era exactamente lo que era y que por supuesto le quedara. El saudí, estaba negociando una thobe de segunda mano con un vendedor que hablaba en dialecto najdi cerrado, cuando Baron se había alejado tres metros.
Había algo en un puesto lateral que lo había detenido.
Un hombre mayor vendía piezas de electrónica usada, cables, adaptadores, baterías de marcas que Baron no reconocía. Había un cargador que parecía compatible con su teléfono, que llevaba dos días sin batería porque el cargador de Kerem no encajaba.
El problema era que el vendedor no hablaba inglés.
Baron lo intentó con señas y el hombre lo miró sin entender. Entonces Baron sacó el teléfono y señaló el puerto de carga, el hombre asintió y le pasó un cable que no era el correcto, Baron negó con la cabeza y señaló de nuevo.
El hombre le pasó otro, que tampoco y Baron volvió a negar.
Frustrado el vendedor dijo algo en árabe con un tono que claramente no era amable, Baron no entendió las palabras pero entendió el tono y respondió en inglés con el mismo tono.
El vendedor subió la voz, Baron subió la suya.
El vendedor se puso de pie y Baron no retrocedió.
Para cuando Kerem se giró a buscarlo, los dos ya estaban a medio metro de distancia intercambiando palabras que ninguno de los dos entendía del otro pero que los dos entendían perfectamente en el idioma universal de dos personas a punto de agarrarse a golpes por un cargador de teléfono de quince riyales.
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