C118- ¿POR QUÉ TE DUELE?
EN RIAD…
El Mercedes-Maybach S680 negro brillaba bajo el sol de la mañana como una promesa de poder. Los cromados reflejaban la luz con una intensidad que hacía daño a los ojos. En el interior Hazem estaba sentado en el asiento trasero con el teléfono pegado a la oreja y la mandíbula apretada.
—¡Wallahi! (maldición)—El puño golpeó el apoyabrazos—. ¿Cómo que no hay noticias del americano? No puede ser que un hombre que es diferente a nosotros pase desapercibido.
Del otro lado de la línea, el hombre que había contratado bebió su café.
—Mi señor... Lo más probable es que a ese americano lo esté ayudando alguien. No es posible que haya desaparecido así nada más.
Las cejas de Hazem se apretaron, miró por la ventana tintada hacia la calle vacía y los dedos tamborilearon sobre el cuero.
—Tienes razón, Anur. —La voz se le volvió más baja—. Entonces... cambiemos de enfoque. En vez de buscar en los hoteles, busca dónde se podría esconder ese americano. Haz lo que tengas que hacer. Ofrece dinero por información. Pero hazlo.
—Sí, mi señor.
Hazem cortó la llamada.
Bajó el teléfono y lo dejó sobre el asiento.
Miró hacia adelante, hacia la casa de la familia Al-Kohur que se alzaba al otro lado de la calle con sus muros blancos y sus ventanas con rejas de hierro forjado.
Sonrió.
Abrió la puerta y bajó.
En su habitación, Yasmine se paró frente al espejo con el shayla verde en las manos.
La sirvienta esperaba a su lado con tres más colgados del brazo.
—Esa no, Nadia. —Señaló—. Tráeme la azul.
La chica obedeció.
Tomó el shayla del perchero y se lo entregó. Yasmine se lo puso con movimientos automáticos, apenas ajustaba el alfiler, cuando la puerta se abrió.
Su madre entró con una sonrisa que le ocupaba toda la cara.
—Ala, ala, date prisa, querida.
Yasmine miró a su madre en el reflejo del espejo.
—¿Prisa? ¿Para qué, mamá?
—Para desayunar con tu prometido. —La madre se acercó y le arregló un pliegue del shayla—. Hazem está aquí.
El golpe llegó sin aviso y Yasmine se quedó quieta con las manos a medio camino de ajustar el alfiler.
Los dedos se le congelaron y el aire se le trabó en la garganta.
—Hazem... —Tragó—. Pero él...
—Oh, cariño, eso no importa. —La madre le dio una palmadita en el hombro—. Es un Al-Rashid. El protocolo se salta en estos casos. —le dio otra sonrisa—. Vamos, vamos, date prisa. Te espero en la sala.
Se fue.
La puerta se cerró y Yasmine se quedó mirando su reflejo. Los ojos se le habían puesto grandes y la respiración se le trancó en el pecho.
—¿Qué haces aquí, Hazem? —susurró —¿Qué quieres?
Nadia la miró sin entender.
—¿Señorita?
Yasmine no respondió.
(…)


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!