C120 - TENSIÓN EN EL DESIERTO
La camioneta avanzó sobre la arena con ese movimiento lento y pesado que tenían los vehículos en el desierto abierto. Por la ventana, las dunas se repetían una detrás de otra sin cambiar demasiado. El sol caía directo sobre el techo y el aire acondicionado trabajaba sin descanso contra un calor que igual se colaba por los bordes.
Mariam tenía los ojos en el horizonte, Zayd estaba a su lado con el teléfono en la mano, revisando algo que no era urgente pero que le daba algo donde poner los ojos.
—¿Estás nerviosa? —preguntó, sin levantar la vista del teléfono.
—Un poco. —Mariam se giró hacia él—. Jade va a intentar algo. Lo sé.
—Yo voy a estar ahí.
—No siempre. —Mariam le puso la mano sobre la de él—. Prométeme que no vas a dejar que me humille, otra vez.
Zayd bajó el teléfono y le apretó los dedos.
—Te lo prometo.
Mariam asintió y se quedó callada.
Miró por la ventana otra vez. Las dunas seguían igual. El cielo seguía igual. Y la pregunta que llevaba semanas dando vueltas en algún lugar de su cabeza siguió dando vueltas hasta que dejó de poder ignorarla.
Lo intentó, duró cuarenta segundos.
—¿Cuándo? —dijo de repente.
Zayd no respondió de inmediato.
—¿Cuándo qué?
—Cuándo vas a sacar a Jade del palacio. —preguntó mirándolo—. Cuándo vas a dejar de fingir que lo de ustedes dos es un matrimonio real y no una obligación que ya cumpliste.
La tensión le entró a Zayd por los hombros antes de que dijera nada. Lo vio en la forma en que se movió, en cómo los músculos de la mandíbula se apretaron y cómo los ojos fueron directo a la ventana, aun así, esperó.
—Zayd.
—Aún no puedo, ya rouhi. (mi alma) No cuando la situación en el desierto no está resuelta.
—¿Y qué tiene que ver eso? —Mariam soltó su mano—. Solo envíala fuera del palacio. A otra propiedad, a casa de mi papá, a donde sea. Sé que puedes hacerlo, sé que tienes esa autoridad.
—Mariam...
—No, escúchame. —La voz le subió un tono—. Te amo. Eso no está en discusión. Pero que te ame no significa que sea una tonta. No significa que voy a quedarme callada mientras esa mujer vive bajo el mismo techo que yo, planea cada movimiento contra mí y sonríe en mi cara como si nada. —Le sostuvo la mirada—. No puedo seguir haciendo eso, Zayd. No tengo esa capacidad.
Zayd soltó el teléfono sobre el asiento y se giró hacia ella.
No estaba enojado.
Estaba frustrado, que era diferente, y más difícil de manejar.
—¿No escuchas lo que te digo? —dijo—. Hay problemas con los rebeldes en el norte. En este momento no puedo notificarle al consejo que planeo al-ibad, (mandar a una esposa fuera del palacio) no cuando acabas de llegar, no cuando todavía estás en período de prueba. —Hizo una pausa—. Mira las cosas con claridad, ya habibti. (mi amor) Ahora mismo tú eres quien menos puede hacer exigencias.
El silencio que siguió fue diferente a todos los anteriores.
Él tenía razón. Lo sabía.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!