C121 - EL CAMPAMENTO DE AL-FARSI
La caravana se detuvo cuando el sol ya estaba bajo.
Las puertas se abrieron y el calor del desierto entró de golpe, seco y pesado, diferente al de la ciudad. Zayd bajó primero y se giró hacia Mariam antes de que ella pusiera el pie en la arena, le puso una mano en la espalda baja y ella se detuvo un segundo.
—Mariam. —La voz le salió baja, sin que nadie más pudiera escucharla—. Lo que dije adentro...
Ella lo miró y Zayd sostuvo esa mirada con una expresión que no era la del hombre que le había tomado la mandíbula veinte minutos antes.
Era arrepentimiento.
Algo que él no producía con facilidad y que Mariam reconoció porque lo había visto pocas veces.
—No debí hablarte así. No de esa manera.
Aun así, ella no dijo nada.
—Escúchame. —Él acarició levemente la espalda—. En cuanto el problema del norte esté resuelto, me encargo de lo de Jade. Te lo juro. Pero necesito que confíes en mí ahora. Necesito que entres ahí conmigo y que sepas que estoy de tu lado aunque no siempre pueda demostrarlo como quisieras.
Mariam lo miró durante un largo momento y luego asintió. Una sola vez, despacio, sin decir nada, Zayd abrió la boca para agregar algo más. Pero ella ya había dado un paso adelante hacia la entrada del campamento y él se quedó con las palabras en el pecho.
La tienda de Al-Farsi era enorme.
Alfombras sobre alfombras, capas de rojo y azul y dorado que cubrían la arena hasta los bordes. Cojines apilados a los lados, lámparas de cobre colgando del techo de tela, bandejas de plata sobre mesas bajas con dátiles, agua de rosas y café negro.
Los jeques de las tribus aliadas ya estaban reunidos.
Eran siete.
Sentados en semicírculo, con las túnicas blancas y los kufiyyas y esa manera específica de quedarse quietos que tenía la gente que estaba acostumbrada a que los demás llegaran a ellos.
Mariam entró detrás de Zayd con Laila a dos pasos de distancia, tenía la cara pálida del viaje, del calor y de la discusión que todavía le zumbaba en algún lugar del pecho. Pero la espalda la llevaba recta y los ojos al frente, moviéndose sobre las alfombras sin dudar.
Jade entró por el otro lado con Ibrahim y por supuesto sonreía.
Al-Farsi se puso de pie cuando Zayd llegó hasta él.
Era un hombre de edad, con la barba blanca y los ojos oscuros. Se saludaron con el protocolo de siempre y luego Al-Farsi miró a las mujeres.
—Jeque Al-Farsi —dijo Zayd, girándose hacia ellas—. Mi primera esposa, Jade. —Hizo una pausa y luego se giró hacia Mariam—. Mi segunda esposa, Mariam, madre de mi heredero.
Al-Farsi inclinó la cabeza hacia Jade primero.
Jade sonrió con toda la calidez que llevaba años practicando. Inclinó la cabeza con el ángulo correcto, juntó las manos con el gesto correcto, dijo las palabras correctas en el tono correcto.
Perfecta, como siempre.
Luego los ojos de Al-Farsi fueron a Mariam y se quedaron ahí.
No fue un vistazo.
Fue la mirada de un hombre que ha visto muchas caras en muchos años y que de vez en cuando encuentra una que lo detiene. En la cultura de su tribu, los ojos de una mujer eran lo único visible detrás del niqab, y por eso los hombres de su generación habían aprendido a leerlos como otros leían palabras.
Los ojos decían la cuna, decían el carácter, decían si había miedo o si había raíz y los de Mariam no tenían miedo, tenían algo más. Algo que Al-Farsi no esperaba encontrar en una mujer que acababa de bajarse de una camioneta después de horas de desierto.
Una quietud que no era sumisión.
Una firmeza que no era desafío.
Los sostuvo sin parpadear demasiado, sin bajarlos demasiado rápido, con ese equilibrio exacto que muy pocas mujeres encontraban de manera natural.
Al-Farsi la miró un momento más de lo que había mirado a Jade.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!