C122 - EL VENENO DE JADE
Laila vio el movimiento de la mano de Jade y dio un paso adelante, pero llegó tarde por dos segundos, porque Mariam ya tenía la taza entre los dedos.
La garganta de Laila se cerró.
Abrió la boca y la cerró y se quedó quieta con las manos apretadas a los lados porque gritar en esa tienda, delante de Al-Farsi y sus jeques y de Ibrahim que lo registraba todo desde el rincón, era exactamente lo que Jade necesitaba para destruir a Mariam sin hacer nada más.
Así que no dijo nada y vio cómo su señora bebía.
La conversación siguió.
Al-Farsi habló sobre los territorios del norte, Zayd respondió, uno de los jeques hizo una pregunta sobre los acuerdos de paso y las palabras se movieron de un lado al otro de la tienda.
En su lugar, Mariam escuchó pasaron, diez minutos, quince, al minuto veinte algo cambió.
No fue un gesto grande.
Fue el tipo de cosa que solo nota alguien que lleva semanas mirando a una persona, los párpados que parpadearon un segundo de más, el color que se fue de las mejillas sin avisar, los dedos que se apretaron sobre el regazo con una tensión que no tenía nada que ver con la conversación.
Zayd estaba hablando cuando lo vio y terminó la frase. La terminó entera, con el tono correcto y las palabras correctas, pero en el segundo en que cerró la boca sus ojos fueron a Mariam y se quedaron ahí y leyeron todo lo que ella estaba haciendo por no mostrar.
Mariam tenía los ojos al frente, aguantando con todo lo que tenía. Sin dudarlo, Zayd se giró hacia Al-Farsi.
—Jeque, con su permiso. Mi esposa lleva horas de viaje y está en los primeros meses, necesita un momento.
Al-Farsi levantó la mano de inmediato.
—Por supuesto. —Se giró hacia uno de sus hombres—. La tienda de descanso.
Zayd se puso de pie.
No le preguntó a Mariam si podía levantarse, le puso la mano en el codo y la ayudó a ponerse de pie con un movimiento que desde afuera parecía cuidado y desde adentro era preocupación.
Salieron y Jade los vio irse.
Giró la taza de café entre los dedos y sostuvo la sonrisa en su lugar, sin decir nada.
En la tienda Zayd la sentó sobre los cojines y se arrodilló frente a ella antes de que Mariam pudiera decirle que no hacía falta, le puso las manos en la cara.
—Mírame. —La voz le salió baja, solo para ella—. ¿Qué sientes?
—Mareo. —Mariam cerró los ojos un segundo—. Náuseas. Empezó de repente.
—¿El bebé?
—Está bien. Es solo... —Tragó—. Es el calor o el viaje.
Zayd no le soltó la cara.
La estudió con esa concentración suya que no dejaba pasar nada, que iba de los ojos a la boca a el color de la piel y de vuelta a los ojos, como si pudiera leer algo que ella no estaba diciendo.
—Zayd. —Mariam le puso las manos sobre las de él—. Tienes que volver.
Pero él no se movió.
—No. Voy a quedarme…
—Escúchame. —Mariam le apretó los dedos—. Tienes que volver adentro. Al-Farsi está esperando. Ibrahim está mirando, si te quedas aquí...
—Me quedo aquí.
—No. No puedes. Esta reunión importa, la alianza importa. —Mariam le dio una sonrisa suave—. Yo también me disculpo por lo que dije en el auto. Pero… si te quedas aquí por mí, Ibrahim va a usarlo. Va a decir que una segunda esposa ya te distrae de tus obligaciones, que ya empecé a costarte.
Zayd apretó la mandíbula.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!