C132-EL JURAMENTO DE MONOGAMIA
Cuando las puertas dobles del despacho se cerraron tras Jade, el silencio que quedó en la habitación ya no era de shock, sino de una expectación contenida.
Sila exhaló un suspiro largo, como si se hubiera quitado un peso de encima, pero Zayd no se movió. Seguía con la vista fija en la puerta.
—Mansour —llamó, su voz recuperando la autoridad ejecutiva—. No guardes la pluma todavía.
El viejo consejero, que ya estaba cerrando su carpeta de piel, se detuvo y lo miró por encima de sus gafas de lectura.
—Dime, jeque Zayd.
—Quiero redactar un anexo formal al contrato de matrimonio de Mariam —ordenó, caminando de vuelta hacia su escritorio—. Un documento de condiciones vinculantes (Shurut). Quiero que se registre hoy mismo en el Ministerio de Justicia.
Sila se enderezó en el sillón, frunciendo el ceño.
—Zayd, acabas de pronunciar el primer talaq. Legalmente, el proceso de divorcio con Jade toma tres meses. ¿No es prematuro?
—No lo es —respondió él, frío—. Mariam es la madre de mi heredero, la que me salvó la vida y la mujer que amo. No voy a esperar tres meses para darle el lugar que le corresponde. Mansour, escribe.
Mansour tomó una hoja nueva con el membrete oficial de la casa Al-Rashid.
—Dicta, jeque.
—Yo, Zayd Al-Rashid, en pleno uso de mis facultades, añado por voluntad propia una condición irrevocable a mi matrimonio con Mariam Sabag —dictó, con la espalda recta y las manos apoyadas en el borde de la mesa—. Me comprometo solemnemente a no tomar más esposas. Desde el día de hoy, Mariam es y será mi única consorte. Si en el futuro esta condición es violada por mi parte, ella tendrá el derecho inmediato al divorcio por disolución judicial (Faskh), conservando la totalidad de su dote y sin posibilidad de réplica.
Mansour se detuvo un segundo, asombrado por la magnitud de la renuncia, pero la mirada de Zayd no admitía discusión. El consejero asintió y su pluma volvió a raspar el papel, anotando las palabras exactas.
—Además —añadió Zayd—, estipula que, de confirmarse el fin de la idda de Jade Al-Rashid sin revocación del talaq, Mariam asumirá de forma oficial e inmediata todos los derechos, títulos y honores de Primera Esposa y Jequesa principal de esta casa.
Mansour terminó de escribir, sopló suavemente sobre la tinta fresca y firmó al pie como testigo principal. Levantó la vista hacia Hassan Al-Suwaidi, quien, con un gesto de respeto, se acercó para plasmar su firma también.
—Está hecho, jeque Zayd —dijo Mansour, extendiéndole el papel—. En cuanto el juez lo valide esta tarde, estarás legalmente atado a la monogamia. Si alguna vez miras a otra mujer, Mariam tendrá el poder de destruirte en los tribunales de Riad.
—Eso es exactamente lo que quiero, que sepa que mi palabra no es como la de Jade.
Zayd firmó el acta con un trazo limpio y firme, devolviéndole la pluma a Mansour.
Los consejeros se retiraron con una reverencia, dejando el despacho en un silencio sepulcral. Sila miró a su hijo un segundo, comprendiendo el peso de lo que acababa de ocurrir, y salió sin decir una palabra.
Zayd no esperó.
Guardó el documento de monogamia en el cajón doble de su escritorio; no le diría nada a Mariam todavía. Se había prometido a sí mismo que ese papel sería un regalo para el día exacto en que la idda de Jade terminara y el divorcio fuera oficial, desatando por fin todas las cadenas del pasado.

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