C27-NUESTRO BEBÉ.
Mariam le chasqueó los dedos en la cara.
Literalmente. A tres centímetros de su nariz.
—Zayd… ¡Zayd! ¿Me estás escuchando? —Su voz llegó baja y directa. Y él salió de su estupor. Cuando vio que tenía su atención, Mariam fue al grano—. Tienes dos esposas. Esta noche es de Jade. —Cruzó los brazos—. Y lo último que necesito es que ella piense que yo te estoy reteniendo aquí, que te estoy metiendo ideas en la cabeza para que te quedes conmigo. —Hizo una mueca y señaló la puerta—. Vete. Cumple con tu deber. No quiero ser la mujer por la que traicionas a otra.
Lo había dicho con la voz firme. Pero por dentro, era como si tuviera clavada una espina en el pecho. Porque ese era el problema con esa tradición, el problema que había tenido desde los dieciséis años cuando entendió lo que significaba en la práctica y no solo en el papel.
El Corán lo permitía, sí.
Cuatro esposas, con justicia, con equidad, con la condición de que el hombre pudiera cumplir con todas por igual.
Lo había leído, se lo sabía de memoria.
Pero aun así, nunca entendió cómo se dividía el corazón en partes iguales. Cómo se amaba a dos personas con la misma intensidad sin que una de ellas recibiera menos. Si amabas de verdad, ¿cómo compartías eso? ¿Dónde quedaba el otro cuando no era su noche?
«Quien escribió esas reglas, nunca estuvo del lado equivocado de la puerta.»
Por su parte, Zayd no discutió, tampoco buscó una justificación porque habría sido lo primero que ella le desarmara. Solo la miró un segundo, con esa expresión que no daba información gratuita, y luego dejó caer el bisht al suelo. Sus manos fueron a los botones de la túnica.
Uno. Dos. Tres.
—Zayd. —La voz de Mariam subió un tono—. ¿Qué estás haciendo?
Él no respondió.
Se quitó los zapatos sin agacharse, con el talón, y los dejó junto al bisht. La túnica siguió el mismo camino, por encima de la cabeza, y finalmente se quedó en bóxer.
Mariam no debería haber mirado, pero sus ojos curiosos y traicioneros no cooperaron.
Vio unos hombros anchos, un torso definido sin ser excesivo, con esa línea central que dividía el abdomen en dos mitades exactas, y luego el vello oscuro que empezaba en el pecho y bajaba despacio, sin prisa, siguiendo una línea que desaparecía en el elástico del bóxer y que seguramente bajaría hasta su…
Se giró y fingió mirar por la ventana.
Pero eso no ayudó, porque Zayd ya había visto su sonrojo.
—¿Te sonrojas, habibi? —Su voz llegó desde atrás, baja y con esa satisfacción tranquila que era peor que cualquier burla—. Para alguien que ya ha visto otros cuerpos... estás actuando como una virgen.
El esternón de Mariam se contrajo, primero de vergüenza y luego de rabia. Se giró hacia él con una expresión que había perfeccionado a lo largo de estos dos años y soltó una mueca despreciativa.
—No te creas la gran cosa. He visto mejores, Zayd. Muchos mejores.
En el segundo exacto en que las palabras salieron de su boca, esa parte oscura en Zayd lo dominó. Sus ojos cambiaron de tono, volviéndose más oscuros, y antes de que Mariam pudiera preverlo, su mano rodeó su cintura y la pegó contra él.
La sorpresa la sobrepasó y sus palmas aterrizaron en su pecho.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!