C29-TOCAR TU PIEL.
La fila de vehículos negros se detuvo frente al Mall of Arabia.
Las fachadas de mármol blanco se extendían a lo largo de toda la avenida Prince Sultan. Las puertas de cristal reflejaban el sol de Jeddah, ese sol distinto al de Riad, mucho más húmedo, con el Mar Rojo a pocos kilómetros empujando el aire con olor a sal y a brisa que no terminaba de ser brisa.
El primer Suburban negro se detuvo, luego el segundo, luego el tercero.
Un empleado abrió la puerta trasera del vehículo central antes de que el motor terminara de apagarse.
Zayd bajó.
La thobe era blanca, inmaculada, con el bisht negro sobre los hombros cayendo hasta el suelo y el ghutra blanco, sujeto con el iqal doble negro, enmarcaba una mandíbula que no necesitaba ayuda para imponerse. Los lentes Cartier con montura de oro le cubrían los ojos y le daban al conjunto ese último detalle que separaba a un jeque de un hombre simplemente bien vestido.
Se quedó de pie junto al vehículo, entonces se giró y extendió la mano hacia el interior del auto.
Mariam lo miró desde adentro.
La mano abierta, los dedos largos, la manga de la thobe blanca contra el sol de Jeddah y dudó un segundo exacto. Porque aceptar esa mano era moverse en un territorio que todavía no tenía nombre claro, y porque lo que tenía en mente para ese día requería cabeza fría y no el tipo de confusión que le generaba el contacto físico con ese hombre.
Pero los cristales oscuros de sus lentes apuntaban directo hacia ella y rechazar su mano frente a sus empleados tampoco era una opción inteligente.
Así que extendió la suya y en cuanto sus dedos tocaron la palma de Zayd, él los cerró.
Despacio.
Con una presión suave que no era casual ni automática sino completamente deliberada. Una especie de corrientazo le subió desde la muñeca hasta el hombro y el corazón le dio un golpe seco contra las costillas que agradeció que nadie pudiera ver.
Salió del auto.
La abaya azul pálido, el shayla de chifón marfil, el Hermès naranja en el brazo libre. Erguida, con esa postura que había aprendido a sostener se veía increíblemente hermosa.
Zayd, quien no había soltado su mano, la miró, luego con una lentitud que tenía toda la intención del mundo, se llevó el dorso de su mano a los labios.
Mariam se quedó paralizada.
Y no era para menos.
En Arabia Saudí las reglas no eran sugerencias. Las muestras públicas de afecto estaban prohibidas por el código de conducta islámico y por una tradición tribal que llevaba siglos funcionando sobre un principio simple: la vida de pareja era privada, sagrada, invisible para el mundo exterior.
Por eso, tomarse de la mano en la calle, un abrazo, un beso, cualquier gesto que pusiera en evidencia la intimidad entre un hombre y una mujer, era una transgresión que la sociedad saudí no pasaba por alto, sin importar quién lo hiciera. Y eso aplicaba especialmente para los que tenían nombre, linaje y posición, porque su conducta no era solo suya sino de toda la familia que representaban.
Zayd Al-Rashid lo sabía mejor que nadie.
Y aun así, con sus empleados a tres metros, con la gente del mall moviéndose detrás de las puertas de cristal, con el sol de Jeddah cayendo sobre todo, había llevado su mano a sus labios como un hombre sediento por agua.
Mariam retiró la mano.
—¿Qué estás haciendo? —siseó mirando de reojo a los empleados que fingían no existir.
Zayd se acomodó el bisht sobre el hombro y sonrió.
—Puedo soportar que dos o tres conservadores me miren mal. —Su voz llegó tranquila, sin volumen, con esa seguridad de quien nunca ha tenido que justificar lo que hace—. Pero tocar tu piel así... —hizo una pausa—. Vale la crítica.
Mariam abrió la boca.
La cerró.
La volvió a abrir.
Pero no salió nada.
Porque no había respuesta disponible para eso.
No había protocolo, no había frase preparada, no había ninguna versión de sí misma que tuviera lista una réplica para un jeque saudí que acababa de besarle la mano en público en Jeddah como si las normas fueran una sugerencia que él evaluaba caso por caso.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!