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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 30

C30-Ya habibati (mi amor)

A novecientos kilómetros al norte, en Jeddah, el Mall of Arabia seguía con sus puertas abiertas. Pero Zayd y Mariam habían caminado hasta el extremo sur del tercer piso, donde las tiendas cambiaban de nombre y de registro, y se habían detenido frente a Rubaiyat.

La tienda llevaba décadas siendo la referencia en Arabia Saudí para las familias que compraban con exclusividad. Joyería, accesorios, y en su ala más reciente, una colección para recién nacidos que mezclaba telas importadas de Francia con bordados hechos a mano en Jeddah.

No era una tienda de bebés.

Era el lugar donde las familias más importantes, habían comprado las primeras prendas de sus herederos durante tres generaciones. Y ese día las puertas estaban cerradas. Un letrero discreto en la entrada, indicaba que el establecimiento estaba reservado.

Reservado para ellos.

La gerente los recibió. Una mujer de cincuenta años con abaya gris perla y una sonrisa cálida.

—Bienvenido, jeque Zayd. —Luego se giró hacia Mariam—. Bienvenida, mi señora. Es un honor recibirlos.

Mariam sonrió emocionada.

Porque aunque esto no era lo que había planeado, ¿a qué madre no le gustaba comprar cosas para su bebé?

Zayd en cambio no sonrió. Inclinó la cabeza un centímetro y entró.

La tienda se abrió ante ellos.

Mariam avanzó hacia la sección de recién nacidos, donde los conjuntos de algodón egipcio y seda reposaban bajo luces cálidas. A pocos metros, la gerente acomodaba unos catálogos con discreción absoluta, dejándoles el espacio libre.

Ella se detuvo frente a una vitrina. Y en el estante superior, había un par de mocasines de piel blanca, tan pequeños que cabían en la palma de una mano. Estiró los dedos hacia el cuero suave. Pero sin que lo viera venir, Zayd dio un paso largo y se posicionó detrás de ella. Su cuerpo la cubrió y antes de que Mariam tocara la prenda, la mano de él avanzó, tomó el zapatito y rozó los dedos de ella en el proceso.

Un escalofrío le recorrió la columna e intentó retirar la mano, pero Zayd cerró los dedos sobre los suyos, atrapándolos contra la piel del calzado.

El calor de su palma atravesó la tela de la abaya.

—Es ridículamente pequeño —dijo y su voz, fue un registro bajo y rudo, que vibró cerca de la oreja de Mariam.

Su corazón por poco explota, pero ella exhaló despacio, con los ojos fijos en el contraste de la mano enorme de él sosteniendo una prenda tan minúscula.

Tragó y se apartó.

—Es para un recién nacido, Zayd. Todo es pequeño a esa edad —respondió lo más dura posible.

Alzó el rostro y se dio cuenta de que los lentes Cartier ya no estaban y que sus ojos apuntaban fijamente hacia los de ella.

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