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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 32

C32 - MEDIOCRE.

Zayd se separó despacio.

Sus labios abandonaron los de ella con una lentitud que dolió, y se quedó mirándola en silencio durante tres segundos exactos. El espacio alrededor pareció contraerse bajo la fijeza de sus ojos desprovistos de rabia y en cambio cargados de una intensidad indescifrable.

Entonces, elevó la mano y con la yema de los dedos, sin un solo rastro de apresuramiento, le acomodó el shayla que se había descolocado durante el beso, asegurándose de dejar cada pliegue en su sitio.

Ese gesto, más que el beso destructivo que acababan de darse, fue lo que terminó de desarmar a Mariam por completo. Porque no tuvo intenciones posesivas. Fue cuidado puro, una delicadeza silenciosa que la dejó desprotegida. Y ella no sabía qué hacer con eso.

Sin embargo, el pánico se instaló en su garganta.

Y rápidamente se dio cuenta que ceder a esa ternura significaba el infierno. Significaba aceptar las leyes de un desierto que la asfixiaba, someterse a un destino donde el protocolo destruiría su identidad y, sobre todo, significaba aceptar el hecho de que tendría que compartirlo.

No podía.

El solo pensamiento de ver a Zayd Al-Rashid cruzar la puerta de otra mujer, de saber que otra abaya se desmoronaba bajo sus manos, le trizaba el alma. Por eso tenía que matarlo, tenía que destruir el puente antes de caminar por él.

Así que tragó el nudo de lágrimas que amenazaba con romperla, forzó sus músculos y dibujó una sonrisa.

Una línea curva, fría y perfectamente ensayada.

—No está mal. —Lo dijo mirándolo, con la voz completamente controlada.

Zayd no respondió, solo la miraba y ella suspiró como aburrida.

—Aunque confieso que esperaba más. Para ser un jeque que tiene el ego por las nubes... eres bastante mediocre.

El aire cambió.

—Otros lo hacen mejor —Abrió el bolso con una calma estudiada y sacó un pañuelo de seda color crema—. Y si tuviera que decidir, me quedo con ellos.

Se limpió los labios, despacio y con una delicadeza que era pura crueldad.

Zayd se quedó inmóvil.

Pero algo cruzó su cara, rápido, antes de que lo cerrara todo. No fue rabia solamente. Fue otra cosa, más profunda, que le tensó la mandíbula y le oscureció los ojos de una manera que no tenía que ver con el orgullo herido sino con algo que dolía de verdad.

La imagen llegó sola y no pudo detenerla: otras manos. Otras bocas. Otros hombres que habían estado donde él acababa de estar.

Y el dolor no venía de donde él habría esperado.

No era posesión.

Tampoco era el instinto tribal de marcar territorio.

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C32 - MEDIOCRE. 3

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