C33- Osita Perdida
Washington D.C. — Torre Whitmore, Piso 42
El sol de la tarde se filtraba entre los rascacielos. En el piso cuarenta y dos, el imperio de Barón Alistair Whitmore zumbaba con la eficiencia de una maquinaria suiza. Pero su dueño, sentado detrás de un escritorio de roble macizo que costaba más que un apartamento en Georgetown, no escuchaba nada de eso.
Barón tenía treinta y tres años, hombros anchos que llenaban el traje azul marino hecho a medida en Savile Row, cabello rubio oscuro peinado hacia atrás con precisión militar, y unos ojos azules que las revistas de negocios habían descrito como "un invierno que arde". La mandíbula afilada, la corbata de seda italiana perfectamente anudada, los gemelos de platino con sus iniciales grabadas… todo en él gritaba poder, control y sangre fría.
Todo, excepto sus manos.
Sus manos temblaban.
Apretó la mandíbula y bajó la mirada hacia el teléfono que descansaba sobre el escritorio. La pantalla parpadeó una vez más, escupiendo la misma cifra que llevaba clavada en el pecho desde el mediodía: veintitrés llamadas perdidas.
Todas al mismo número y todas sin respuesta.
—Maldita sea —masculló.
La puerta se abrió con cautela y Michael, su asistente personal desde hacía cuatro años, entró. El joven conocía cada uno de los gestos de su jefe y supo, apenas cruzó la puerta, que algo iba muy mal.
—Señor Whitmore, la reunión con los inversores japoneses…
—Cancélala.
—Pero, señor, llevan tres meses…
—Dije —cortó Barón, alzando la vista con frialdad— que la canceles.
Michael tragó saliva y permaneció clavado en el sitio, sin saber si retirarse o quedarse.
Pero Barón ya no lo miraba.
Tomó el teléfono otra vez, marcó y esperó.
Uno, dos, tres tonos.
Luego, esa voz que le había robado el sueño durante dos años:
—Soy Mariam. No estoy. Ya sabes qué hacer.
Colgó sin dejar mensaje, cerró los ojos. Y entonces, apareció ella.
Hacía dos años exactos.
Aquella noche, Barón había salido del club privado del Mandarin Oriental hartado de cifras, fusiones y de su propia soledad disfrazada de éxito. Buscaba una copa, música baja, anonimato.
Lo que encontró, en cambio, fue una aparición.
Mariam cruzó el salón enfundada en un vestido rojo que parecía haber sido cosido a su cuerpo por las manos del mismísimo destino. Cabello castaño, piel dorada, y unos ojos que lo miraron una sola vez y le arrancaron el aire de los pulmones. En tres segundos, esa mujer le robó el corazón, la atención, el mundo entero.
No podía creer su suerte.
Hasta que apareció el imbécil.
Por un instante creyó que estaba metido en problemas, que ella era casada, que aquello era un drama marital de los que dejan cicatrices. Pero no le tomó demasiado tiempo entender la verdad: el idiota la había cagado, y Mariam, con la barbilla en alto y una dignidad que lo cautivó, rompió el compromiso ahí mismo, frente a todos.
Esa misma noche, Barón juró que no la dejaría ir.
Y no la dejó.


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