C35-SI SUPIERA COMO ENTRAR EN TU CORAZÓN.
Mariam respiró hondo, una sola vez y tan profundo que sintió el aire arderle en los pulmones. Cerró los ojos durante medio segundo y cuando los abrió, ya era otra mujer.
Ya no era la chica asustada con un teléfono robado en el bolso.
Era Mariam Sabag Al-Rashid, esposa del Jeque.
Se giró con una lentitud calculada, dejó que la abaya ondulara apenas, y curvó los labios en la sonrisa más perfecta de toda su vida.
Una sonrisa de hielo cubierta de seda.
—¿Disculpe?
La gerente, sin sospechar nada, sostuvo en alto un pequeño frasco dorado con un lazo color marfil.
—Alteza, usted tomó la muestra de nuestro perfume de oud y rosa de Damasco. Es nuestra fragancia exclusiva, hecha a mano para la familia real. Solo quería asegurarme de que la llevara con su nombre grabado.
El aire que Mariam había estado conteniendo se le escapó del pecho en un suspiro silencioso.
Sonrió, esta vez con auténtica dulzura, y negó con la cabeza.
—No, pero gracias por su amabilidad. Quédese con la muestra. Tengo suficientes en el palacio.
La gerente inclinó la cabeza, complacida. Mariam giró sobre sus talones y salió.
«Gracias, Alá. Gracias, Alá, gracias…»
El pensamiento le retumbó dentro del pecho como un rezo desesperado. Cruzó la salida y el aire caliente de Jeddah le golpeó el rostro. Los dos guardaespaldas vestidos de negro, plantados como estatuas a ambos lados de la entrada, se cuadraron al verla salir y la flanquearon hacia el SUV blindado que esperaba al borde de la acera.
Mariam apretó el bolso contra el costado, cada paso le retumbaba en los oídos y el teléfono pesaba dentro del cuero como si llevara una pistola cargada.
Solo unos metros más, solo un poco más.
Mientras tanto, en el asiento trasero del vehículo, Zayd tenía la mandíbula tan apretada que un músculo le palpitaba bajo la piel.
Llevaba más de diez minutos en ese auto.
Solo.
Pensando.
Y eso era, exactamente, lo peor que podía hacerle un hombre como él a sí mismo.
Cerró los ojos y, sin permiso, el recuerdo lo golpeó otra vez como un latigazo: la mano de Mariam contra su pecho, los labios de ella entreabiertos bajo los suyos, el sabor —Alá, ese sabor— a miel, a especias dulces, a algo prohibido y suyo al mismo tiempo.
La había besado despacio al principio, con la reverencia de un hombre que quería empezar de cero. Y por un instante, solo un instante glorioso, ella había respondido.
Solo un instante.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!