C39-Por las barba de Alá.
El teléfono seguía en el bolso.
Mariam lo había sacado tres veces desde que cerró la puerta de su habitación. Tres veces lo había sostenido, había tratado de marcar el número de su memoria y tres veces lo había guardado de nuevo sin marcar.
El teléfono de la gerente había sonado por una notificación de medicamento, no por una llamada entrante. Nadie lo había buscado todavía, o si lo habían buscado, no habían llegado a ninguna conclusión. Alá había puesto ese teléfono en su camino por algo, de eso estaba segura, pero también estaba segura de que usarlo mal era peor que no usarlo.
Barón podía esperar.
La llamada podía esperar.
Porque cuando la hiciera, necesitaba tener cada palabra en su lugar, sin margen para el error.
Así que esperó.
Y esperar en esa habitación, con el techo alto y el silencio del palacio cerrándose sobre ella como una campana de cristal, empezó a volverse insoportable.
Así que salió en busca de Laila.
Le había pedido esa tarde mutabbaq, la masa fina rellena de queso y miel que Laila preparaba y que a ella le gustaba desde que era niña, cuando su abuela la hacía los viernes por la mañana y el olor impregnaba hasta el último rincón de la casa.
Desde que el embarazo había avanzado, ese antojo específico aparecía a cualquier hora con una insistencia que no aceptaba sustitutos. Había intentado con dátiles, con knafeh, con cualquier cosa dulce que encontrara en la cocina del ala este.
Nada funcionaba.
Solo el mutabbaq de Laila.
Y Laila no aparecía por ningún lado.
Ir por ella le serviría para además estirar las piernas, porque si pasaba una hora más encerrada entre esas cuatro paredes iba a hacer algo que lamentaría.
El pasillo largo del ala central estaba vacío a esa hora.
Las lámparas de latón proyectaban una luz cálida sobre el mármol y Mariam caminó despacio, sin apresurarse, dejando que los pasos encontraran su propio ritmo. A través de los ventanales que se abrían a lo largo de toda la pared derecha, Riad se extendía en la distancia con sus luces encendidas contra el cielo oscuro. Los edificios de cristal del centro financiero brillaban en el horizonte, las avenidas trazaban líneas de luz en movimiento, y más allá, donde la ciudad se disolvía en la oscuridad, el desierto empezaba sin anunciarse.
Pensó en Nueva York.
En su apartamento del Upper West Side con las ventanas que daban al parque, en el ruido constante de la Octava Avenida subiendo hasta el cuarto piso, en el olor a café frío y asfalto mojado que era el olor de sus mañanas desde hacía dos años.
El caos de Nueva York tenía algo que ella necesitaba, esa energía anónima de una ciudad que no te pide que expliques nada, que te deja ser exactamente lo que eres sin que nadie te mire dos veces. La gente yendo y viniendo, los taxis, el metro, el humo de los carritos de comida en cada esquina.
Pero esta noche no quería ese ruido.
Esta noche quería esto.
El aroma a sándalo que impregnaba el palacio, el calor seco del aire, las palmeras moviéndose despacio en el jardín interior, la quietud del desierto a lo lejos como una promesa que nadie había roto todavía.
Riad desde esa altura era otra ciudad.
No la de tráfico y polvo y construcción constante que se veía desde el nivel de la calle, sino algo más antiguo y más quieto, con sus luces parpadeando como brasas sobre la arena.
Mariam se detuvo frente al ventanal más grande y apoyó la mano en el cristal y murmuró en voz baja, para nadie excepto para la ciudad que brillaba afuera.
—Yā bilādī... anti fī dam-mī. (Mi tierra. Estás en mi sangre)
Bajó la mano despacio hasta su vientre y la sostuvo ahí, sobre la tela de la abaya, sobre esa vida que todavía no tenía forma pero que ya tenía peso.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!