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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 46

C46-ELLA NO PERTENECE AHÍ.

Del otro lado de la línea, Barón se puso de pie.

No fue un movimiento consciente. Fue el cuerpo respondiendo antes que la cabeza, la misma reacción que había tenido cada vez que el teléfono sonaba en las últimas horas y no era ella.

Se levantó de la silla, rodeó el escritorio y se quedó de pie en medio del apartamento de Manhattan con el corazón golpeándole el pecho y la voz de Mariam todavía resonando en el auricular.

Sobre el escritorio, las carpetas seguían abiertas.

Había registros de la clínica, cintas de audio, fotografías con fechas y nombres, horas de trabajo acumulado en papel, todo apuntando hacia el mismo lugar, todo esperando el momento en que ella llamara.

—¿Mariam? ¿Eres tú?

Del otro lado, ella cerró los ojos y contuvo algo que se movió en su pecho, algo a lo que no quería darle nombre porque ya tenía demasiadas cosas sin resolver esa noche.

—Sí.

—Dios... —Barón soltó el aire—. Gracias a Dios. Llevo días…

—Barón, escúchame. —Su voz era baja, rápida, con los ojos puestos en la puerta de su habitación—. Tengo que ser rápida, porque no tengo mucho tiempo.

Él se tensó de inmediato.

—¿Estás bien? ¿Te hicieron algo?

—Estoy bien. Escucha. —tragó—. Estoy en Riad. En el palacio Al-Rashid, me casé con Zayd Al-Rashid.

El silencio que siguió duró exactamente cuatro segundos.

Cuatro segundos en los que Barón procesó esa información con una expresión que pasó de la sorpresa a algo más oscuro, más apretado, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos alrededor del teléfono.

—¿Qué? —Su voz salió baja, controlada—. ¿Qué carajos quiere ese hombre contigo, Mariam?

—No hay tiempo. —Ella apretó el teléfono—. Necesito que me saques de aquí. Lo antes que puedas. ¿Puedes hacerlo?

Barón ya estaba caminando hacia el armario con el teléfono pegado al oído.

—Sí. —No dudó ni un segundo—. Sí, voy a sacarte de ese infierno. De donde nunca debiste volver, de donde ese maldito árabe nunca debió llevarte. —Su voz se quebró en el último borde—. Aguanta, Mariam. ¿Me escuchas? Aguanta.

Ella no respondió.

Pero no colgó y eso, para Barón, fue suficiente.

(…)

Washington amaneció gris.

El tipo de gris que tiene la capital en primavera cuando las nubes no terminan de decidirse, con el aire frío y los jardines del Capitolio todavía húmedos del rocío. Barón llevaba una hora sentado frente al escritorio de Killiam Deveraux mirando los jardines sin verlos, con el café intacto y la pierna moviéndose bajo la mesa con esa impaciencia que no sabía cómo contener.

La oficina era lo que uno esperaba de un senador.

Un escritorio de caoba oscura, amplio como una pista de aterrizaje, con el nombre Killiam Deveraux grabado en letras doradas.

Estanterías con libros que sí habían sido leídos, una bandera americana en el rincón y una vista que daba directamente a los jardines donde los asistentes cruzaban con carpetas y urgencias a las siete de la mañana.

Killiam estaba de pie junto a la ventana lateral, mirando a su amigo con esa calma que tenía para las situaciones que otros llamaban crisis y él llamaba problemas con solución pendiente.

Treinta y siete años.

Cabello oscuro y ojos aguamarina que procesaban todo con una velocidad que no se anunciaba. El traje gris madrugador, la corbata todavía sin anudar, con esa elegancia de hombre que no necesita esforzarse para parecer lo que es.

Porque había algo en Killiam Deveraux que hacía que las salas se reorganizaran a su alrededor sin que él lo pidiera.

—Estás loco —dijo, con la misma neutralidad con que habría comentado el clima.

Barón se giró desde la ventana.

—Llámame como te dé la gana, Killiam. Pero no puedo dejar a Mariam allá. Ella no pertenece ahí.

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