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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 49

C49-LO QUE EL CORAZÓN NO NEGOCIA.

El SUV negro cruzó las puertas del palacio Al-Rashid a las diez de la mañana.

Mariam iba en el asiento trasero con las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos puestos en la ventana, dejando que Riad entrara por el cristal como quien necesita algo real contra qué apoyarse.

La ciudad la recibió con esa luz de mañana que solo existe en el desierto, blanca y directa, sin disculpas, derramándose sobre las fachadas de piedra caliza y los edificios de cristal con la misma generosidad con que caía sobre las palmeras de las medianas.

Riad no era Nueva York.

Nueva York era vertical y urgente, una ciudad que te empujaba hacia adelante sin preguntarte si querías ir.

Riad era otra cosa.

Era horizontal y antigua debajo de todo el acero moderno, con los minaretes asomando entre los rascacielos como recordatorios de que este lugar existía mucho antes que los semáforos y seguiría existiendo mucho después.

Los zocos del centro ya estaban abiertos, con los toldos de colores filtrando la luz en franjas doradas sobre los puestos de especias y telas. Una anciana cruzaba la calle con una cesta de dátiles. Dos niños corrían por la acera con las thawbs blancas ondeando detrás de ellos como banderas pequeñas.

Mariam los siguió con los ojos hasta que el semáforo los separó.

Había algo en Riad que nunca había terminado de odiar, a pesar de todo.

Pero hoy no podía quedarse con la belleza.

Hoy el peso era demasiado.

La casa de su madre estaba en el distrito de Al-Malaz, en una calle tranquila con buganvilias desbordando los muros de piedra y una higuera en la entrada que Mariam recordaba desde que tenía cuatro años.

El escolta detuvo el vehículo frente a la puerta de madera tallada y ella bajó antes de que pudiera abrirle la puerta, con el bolso cruzado al pecho y los pasos rápidos de quien necesita llegar.

Tocó el timbre y esperó exactamente tres segundos. Entonces la puerta se abrió de golpe y Noura apareció en el umbral con los ojos grandes y los brazos ya extendidos antes de haber terminado de abrir la boca.

—¡Ukhtī! (Mi hermana.)

Se lanzó contra Mariam con toda la fuerza de su cuerpo menudo, envolviéndole la cintura con los brazos y apretando la cara contra su estómago con esa intensidad que solo tienen los niños cuando quieren a alguien de verdad.

Mariam la abrazó.

La apretó más de lo que pretendía y cerró los ojos un segundo, dejando que el olor a jazmín del cabello de su hermana hiciera algo por el nudo que tenía en el pecho.

No lo deshizo, pero lo aflojó un poco.

—Yā nūrī, (Luz mía)—murmuró Mariam, apartándole el cabello de la cara—. ¿Cómo estás?

—¡Bien, bien, bien! —Noura la tomó de la mano y tiró hacia adentro—. Mamá dijo que quizás... yo le dije que sí, que tú siempre vienes cuando yo te necesito, y hoy te necesitaba porque mi gato rompió el jarrón azul y mamá se enojó y yo…

—Noura.

La voz de Amira llegó desde el corredor interior.

Apareció en el umbral de la sala y los ojos fueron directamente a Mariam, leyéndola como solo una madre sabía.

—Ve a jugar al jardín, habibti.

—Pero mamá, Mariam acaba de llegar y quiero…

—Al jardín, Noura.

—Mamaaa…

—Noura. —Mariam se agachó hasta quedar a su altura y le sostuvo la cara entre las manos—. Te veo en un rato. Te lo prometo. ¿Sí?

La niña la estudió con esos ojos oscuros que no se perdían nada y luego sonrió, le plantó un beso sonoro en la mejilla y salió corriendo hacia el jardín con las trenzas rebotando.

El silencio que quedó era de otro tipo. Amira se acercó a su hija mayor.

No dijo nada todavía.

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