C57- DAME UNA HORA
La clínica Al-Noor era el tipo de lugar donde el dinero no se veía pero se sentía en todo. En el silencio de los pasillos, en el olor a limpio que no era hospital sino algo más caro que eso, en la manera en que el personal se movía cuando la caravana de Zayd Al-Rashid entró por la puerta principal.
Los recibieron en menos de dos minutos.
Sin sala de espera.
Sin formularios.
Sin nada de lo que el resto de los mortales tenía que soportar. Directo al pasillo privado, directo a la sala de ecografías, donde la doctora Al-Hamdan ya estaba lista con todo preparado.
Mariam se acomodó en la camilla sin decir nada.
Zayd se quedó de pie junto a la pared con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, mirando un punto fijo en el suelo como si la consulta fuera un trámite más en su agenda del día, pero lo que en realidad pasaba era que estaba nervioso.
La doctora Al-Hamdan, que llevaba treinta años viendo parejas en esa camilla y sabía exactamente cuándo no había que hacer preguntas, trabajó en silencio. Le extendió el gel sobre el vientre a Mariam, tomó el ecógrafo y empezó a mover el transductor despacio.
Un segundo después, la imagen llenó la pantalla.
—Ahí está —dijo, señalando—. Mire, señora Al-Rashid.
Mariam giró la cabeza.
En la pantalla había una forma pequeña, borrosa, con un puntito en el centro que latía rápido.
Muy rápido.
—¿Ese es...?
—Su hijo. —La doctora sonrió—. Tiene doce semanas y todo está perfecto. Los latidos son fuertes.
Mariam no pudo evitarlo.
Sonrió.
Era la primera vez que lo veía. Era la primera vez que veía ese puntito que parpadeaba en la pantalla y que en cuestión de meses se convertiría en su hijo, su sangre, en la única cosa en ese palacio que era completamente suya y de nadie más.
Zayd no dijo nada.
Pero Mariam notó que sus brazos, que llevaban cruzados desde que entraron, ahora colgaban a los lados. Y su mano derecha había bajado hasta el borde de la camilla.
No la tocó. Pero estaba ahí.
—¿Quiere escuchar los latidos, señor Al-Rashid? —ofreció la doctora.
Zayd dudó y Mariam lo miró.
—No es necesario —dijo él.
—Siéntate —respondió Mariam.
No fue una sugerencia y él que estaba acostumbrado a dar órdenes y no recibirlas, obedeció. Arrastró una silla y se sentó sin decir nada más. La doctora colocó el Doppler sobre el vientre de Mariam y la sala se llenó de sonido.
Lub-dub. Lub-dub. Lub-dub.
Rápido. Fuerte. Vivo.
Zayd tragó saliva, mientras sus ojos no se apartaban de la pantalla.


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