C60- NO TE ILUSIONES
Jade entró al palacio y escuchó las risas antes de llegar al salón.
Se detuvo un segundo en el pasillo, deduciendo que las voces venían del salón principal, era la madre de Zayd, Zayd, y Mariam, mezcladas con halagos de algunas sirvientas.
Jade ajustó el bolso en su hombro y entró.
Lo primero que vio fue a su suegra sentada junto a Mariam, con la ecografía en las manos, inclinada hacia ella como si fueran la única cosa importante en ese salón. Zayd estaba de pie cerca, con los brazos cruzados pero la mandíbula suelta, sin la tensión de siempre y las sirvientas sonriendo como si se tratara del mismo califa, en vez de un simple niño.
Ella procesó la imagen en menos de dos segundos.
Mariam embarazada. Mariam con la suegra. Mariam en el centro de todo.
Justo en ese momento la vieja jequesa levantó la ecografía hacia la luz.
—Míralo. —Le brillaban los ojos mientras hablaba—. Doce semanas y ya se ve que viene con carácter.
—Yumma (mamá) —dijo Zayd.
—Es la verdad. —La vieja jequesa no le dio espacio para protestar—. Igual que tú. Que Dios tenga piedad de Mariam, porque tú de bebé llorabas tanto que tu padre amenazó con irse a vivir al desierto. Cuarenta días seguidos, Zayd. Cuarenta.
Zayd cerró los ojos un momento avergonzado y Mariam se tapó la boca para no reírse, aunque no lo logró del todo.
La madre de Zayd la miró con una ternura que no tenía precio.
—Este niño viene bendecido, habībatī. Y tú eres la madre que Dios eligió para él.
Sin poder seguir escuchando, Jade se movió hacia el centro del salón con una sonrisa que era tan falsa, como que en el desierto nevaría.
—Felicidades, Mariam. —Su voz salió cálida y perfectamente calibrada—. Qué alegría para toda la familia.
Mariam la miró.
—Gracias.
Fue una sola palabra. Educada, seca, cerrada.
Zayd se acercó entonces y le extendió a Jade la caja que contenía el brazalete. Ella lo tomó, lo miró, y sonrió.
—¿Para mí?
—La ley lo dicta, Jade —explicó él a secas.
Jade apretó la caja y luego la abrió. El brazalete era hermoso, sin duda. Hecho de oro, piedras preciosas pequeñas y elegantes.
Pero entonces sus ojos bajaron al cuello de Mariam.
El collar de aguamarina captó la luz en ese momento exacto. Delgado, de oro blanco, con esa piedra central que era de un azul que no se encontraba en cualquier vitrina.
Jade conocía joyería.
Conocía la diferencia entre lo que se compraba por protocolo y lo que se compraba porque alguien quería hacerlo.
Sus dedos se apretaron alrededor del brazalete, entonces Mariam se puso de pie para retirarse.
Había dado un paso cuando Jade habló.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!