C79- TU GANAS
Las camionetas negras entraron al estacionamiento del Four Seasons sin reducir la velocidad y Zayd bajó antes de que el vehículo terminara de detenerse.
La thobe blanca, se movió con los pasos que no esperaban a nadie. Hazem iba a su derecha sin decir una palabra porque conocía esa cara de su primo y sabía que no era momento de hablar, cuatro hombres de seguridad cerraron el perímetro detrás con una coordinación que no necesitaba órdenes.
El gerente del hotel cruzó el lobby hacia ellos con una sonrisa que se fue muriendo a mitad de camino cuando vio los ojos de Zayd.
—Jeque Al-Rashid, es un honor...
—Suite 1408. —No lo miró—. Nadie sube ni baja de ese piso.
El hombre asintió y se hizo a un lado.
Sabía que Baron Whitmore estaba ahí arriba.
Desde que había colgado el teléfono en su oficina, había hecho tres llamadas más. La primera al director de inteligencia privada que trabajaba exclusivamente para la familia Al-Rashid desde hacía doce años. La segunda al jefe del protocolo de seguridad del aeropuerto King Khalid, un hombre que le debía dos favores que nunca habían sido cobrados hasta hoy y la tercera al contacto que tenía dentro de la embajada americana, porque en Riad, un jeque con el peso de los Al-Rashid tenía ojos donde otros no podían ni asomarse.
Lo que recibió en menos de ocho minutos fue suficiente para que la sangre se le helara y se le encendiera al mismo tiempo.
Baron Whitmore.
Ciudadano americano.
Empresario.
Había aterrizado en Riad cuatro días atrás con visa de negocios, pero no había registrado ninguna reunión corporativa. Tenía reservada la suite 1408 del Four Seasons hasta el día siguiente. Y lo que terminó de confirmarlo todo: había un jet privado con plan de vuelo activo hacia Ginebra esperando en una pista secundaria del aeropuerto, coordinado a través de un contacto de la embajada. Más dos vehículos diplomáticos que habían sido solicitados para traslado urgente esa misma mañana.
Traslado para dos personas.
«Venía a llevársela.»
Zayd entró al ascensor con esa certeza instalada en el pecho como un bloque de cemento y entonces pensó en Mariam.
El dolor llegó antes que la rabia, que era lo que más lo enfurecía de todo. Ella había salido del palacio a escondidas. Como si él fuera algo de lo que había que escapar, como si ese americano fuera todo para ella.
—Lamma waqqa'ti aqd al-zawaj amam Al-Ma'dhoun, rasamt maseerik. (Cuando firmaste el contrato de matrimonio ante el oficial, trazaste tu destino.) —Lo dijo entre dientes, solo para él.
Ella llevaba a su hijo. Su hijo. Y no había jet, ni embajada, ni americano en este mundo que cambiara eso.
Entonces las puertas del ascensor se abrieron.
En la habitación, Mariam cayó de rodillas sin que nadie lo viera venir.
Ni Yasmine ni Baron tuvieron tiempo de reaccionar. Ella simplemente dobló las piernas y quedó en el suelo con las manos juntas y los ojos llenos mirando hacia arriba.
—Te lo ruego. —La voz le salió rota—. Por favor. Vete. Vete ahora.



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