C82-¡NO ME PIDAS POR FAVOR!
El convoy se detuvo frente al palacio y Zayd bajó, rodeó la camioneta, abrió la puerta del lado de Mariam y la tomó de la muñeca.
Cruzaron la entrada principal.
El personal que estaba en el corredor se hizo a un lado sin que nadie dijera nada, nadie preguntó y tampoco miró más de lo necesario. Todos conocían esa cara de Zayd y todos sabían que no era momento de existir demasiado cerca de él.
Pero en el salón principal estaban Jade, la jequesa Noor y el jeque Ibrahim.
La madre de Zayd se puso de pie cuando lo vio entrar.
—¡Zayd! ¿Qué está pasando aquí?
Él se detuvo un segundo, miró a su madre, miró a Ibrahim, miró a Jade que permanecía sentada con las manos juntas y una expresión que no revelaba nada.
—Nadie entra a mi ala esta noche —ordenó—. Nadie me interrumpe. Y eso incluye a todos los que están en esta habitación.
Ibrahim se levantó del sillón con ayuda de su bastón y clavó los ojos en Mariam.
—¿Qué has hecho? —Le habló directamente a ella, con un reproche que no pasó desapercibido—. ¡¿Qué hiciste ahora, mujer?!
Mariam apretó los labios pero no respondió.
En cuanto a Jade, no dijo nada. Se quedó donde estaba, con la espalda recta y los ojos siguiendo la escena. Por dentro, algo en ella se asentó con una satisfacción fría y silenciosa.
«Sabía que tarde o temprano caerías, Mariam. Y lo hiciste sola, sin que yo moviera un dedo.»
Zayd no esperó más, siguió caminando y Mariam fue con él porque no tenía otra opción.
La habitación de Zayd era grande y oscura y completamente masculina.
Paredes en tono arena profundo, muebles de madera oscura sin adornos innecesarios, una cama enorme con sábanas en color carbón y crema, sin doseles ni telas decorativas. Sobre el escritorio había carpetas, un sello, papeles con membrete oficial.
No había nada fuera de lugar.
Era la habitación de un hombre que controlaba cada centímetro de su entorno.
Zayd la empujó hacia adentro y cerró la puerta. Mariam se tocó la muñeca y lo miró con los ojos llenos.
—Zayd…
Él se quedó inmóvil con los puños apretados a los costados y la mandíbula tan tensa que le marcaba la línea del cuello. Se llevó las manos a la cabeza, arrancó el ghutra y el agal y los lanzó contra la pared.
—¡¡¡Yal'anaki li anniki aradti khiyaanati... wa yal'anaki li ananni la astati'u an atrukaki!!!!
(Maldita seas por querer traicionarme. Y maldita seas porque no pueda dejarte ir.)
Lo dijo con una rabia que tenía demasiado dolor adentro para ser solo rabia. Mariam lloró en silencio.
—No iba a irme —dijo con la voz rota—. Zayd, te juro que solo fui a decirle que...
—¡No me tomes por estúpido! —La miró con una dureza que no cedió ni un milímetro—. Sé exactamente lo que ibas a hacer. Tenías el jet. Tenías los autos. ¡Tenías todo listo para largarte a ese maldito país con mi hijo!
—¡No! —Ella negó con la cabeza y con las lágrimas cayéndole sin control—. No es verdad.
Pero Zayd ya no escuchaba con claridad porque en su cabeza se repetían las palabras que ella le había dicho días atrás, en otro momento, en otro estado, palabras que él había guardado en el único lugar donde las cosas duelen de verdad.



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