C9: QUITAME EL BISHT (TUNICA)
El estómago de Mariam se contrajo dolorosamente.
Este momento, el que había estado temiendo desde que aceptó el matrimonio, finalmente había llegado. Por un instante consideró negarse, pero sabía que eso solo causaría un escándalo, así que con resignación, se puso de pie y siguió a las khadimas.
Las mujeres la condujeron a una habitación donde un baño perfumado con aceites de rosa y ámbar la esperaba. La ayudaron a desvestirse y sumergirse en el agua tibia y mientras lavaban su cabello y frotaban su piel con exfoliantes de almendras, mientras Mariam intentaba mantener la calma.
—Tiene una piel hermosa, mi señora —comentó una de las jóvenes sirvientas—. El jeque quedará complacido.
Mariam no respondió.
Tras el baño, secaron su cuerpo y aplicaron aceites perfumados en puntos estratégicos y luego peinaron su cabello hasta que cayó como una cascada de seda negra sobre su espalda.
Finalmente, le presentaron la prenda que debía usar: un camisón de seda color marfil, casi transparente, con delicados bordados de oro que apenas cubrían lo necesario. Era revelador pero increíblemente elegante, diseñado para seducir con sofisticación.
—Es... demasiado —murmuró, sintiendo que el rubor subía por sus mejillas.
—Es la tradición, mi señora —respondió la khadima mayor—. La primera noche es sagrada.
Con manos temblorosas, Mariam se puso el camisón y las sirvientas añadieron el toque final: una fina cadena de oro con pequeños diamantes alrededor de su cintura desnuda, un símbolo de fertilidad según las antiguas tradiciones.
Cuando terminaron, la escoltaron hasta la cámara nupcial y la dejaron sola.
La habitación estaba iluminada con velas aromáticas y decorada con pétalos de rosa. La enorme cama con dosel dominaba el espacio, cubierta con sábanas de seda blanca. Mariam se sentó al borde mirando nerviosamente hacia la puerta y para ella los minutos pasaban con agonizante lentitud.
«No vendrá» se repetía. «Él no vendrá.»
Finalmente, decidió meterse bajo las sábanas. Quizás podría fingir que dormía si él aparecía. O tal vez, con suerte, realmente se quedaría dormida y evitaría toda la situación. Pero justo cuando estaba a punto de acostarse, la puerta se abrió y Mariam se quedó paralizada, con el corazón martilleando contra su pecho.
Zayd estaba en la puerta, imponente y silencioso.
Había cambiado su atuendo formal por una túnica más sencilla que dejaba entrever su físico atlético, sus ojos la recorrieron lentamente, deteniéndose en su rostro tenso.


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