C10: AQUÍ SOLO ERES MI MUJER.
—Es tradición. —Zayd la miró sin moverse—. Una esposa desviste al marido la primera noche. Lo sabes.
Lo sabía.
Claro que lo sabía.
Y hubo un tiempo, uno que prefería enterrar bajo cemento y olvido, en que habría dado cualquier cosa por tener ese permiso. Noches enteras imaginando exactamente eso, sus manos sobre esa tela, él mirándola así.
Pero eso fue antes.
Así que soltó una carcajada corta, seca y con el filo particular que había afilado en dos años de Nueva York.
—Ah, claro. La tradición. —Se cruzó de brazos—. Pues que te ayude la tradición, porque yo tengo las manos ocupadas.
Zayd la miró, un segundo, dos… y luego caminó hacia ella. Mariam retrocedió sin querer hasta que su espalda tocó la pared fría. Entonces él se detuvo a centímetros, tan cerca que el sándalo de su piel le golpeó directo al pecho.
—En este palacio —siseó—, tus costumbres occidentales no valen nada. Aquí solo eres mi mujer y como tal debes comportarte.
Mariam no bajó la mirada.
—Qué poético. —Ladeó la cabeza—. ¿Lo ensayaste o te salió solo?
Entre más lo provocaba más el calor entre ellos se volvía físico, concreto, como electricidad estática antes de una tormenta, y Mariam apretó los dientes porque su cuerpo no estaba recibiendo el memo de que esto era guerra.
Entonces cometió el error, se humedeció los labios.
Fue un gesto automático, sin intención, medio segundo de lengua rosada sobre labios más rosados todavía, y Zayd se detuvo en seco.
Sus ojos bajaron.
Se quedaron ahí.
Y por un instante que no debería haber existido, se preguntó cómo era posible que en todos los años que la conoció, nunca hubiera hecho nada con esa boca.
Nunca. Ni una vez. Y ahora era lo único que veía. Entonces su cabeza bajó, despacio, sin que él lo decidiera del todo, lo único que tenía en mente era probar de nuevo esos labios.
Pero, antes de que siquiera pudiera rozarlos, Mariam lo sacó de su fantasía.
—Oye. ¿Necesitas que te tome una foto o puedes recordarlo solo? Porque esa cara que tienes ahora mismo es bastante patética para un jeque.
Zayd se congeló, se apartó de golpe y endureció el gesto.
Ella sonrió.
Fría.
Como quien acaba de ganar una mano de póker con dos y siete.
Luego levantó un dedo, lo apoyó en el centro de su pecho como si él le asqueara y empujó.
Apenas. Con la punta.
—Distancia prudencial, señor Jeque. Desde ahora.
Zayd retrocedió un paso. Lo hizo despacio, con la mandíbula apretada, como si cada centímetro le costara algo que no estaba dispuesto a admitir y una vez que estuvo lo suficientemente lejos, Mariam soltó el aire que llevaba retenido desde que él cruzó la puerta.
—Antes —dijo Zayd, abriendo el nudo de su túnica—, no querías ninguna distancia prudencial. —La miró—. Ya nimra (tigresa). Te pegabas a mí noche y día. ¿Y ahora te haces la difícil?


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error!