—Señor, ¿quiere que vaya por la anestesia? —preguntó el jefe de seguridad.
—La anestesia puede afectar la salud —respondió Mariano, tajante—. Si no es necesario operar, no pienso arriesgar a mi esposa.
...
La recámara principal permanecía en un silencio casi sepulcral, apenas roto por el leve roce de las sábanas.
El corazón de Begoña se encogía, apretándose más y más. Sabía que la gente de la organización ya estaba en Nueva Almería, esperando el momento perfecto para llevársela. Ella era esencial para ellos, así que no podía permitirse ningún retraso por culpa de nadie. Sin embargo, el bebé que llevaba en el vientre era su único consuelo y su mayor arrepentimiento. No pensaba dejarlo ir.
Begoña soltó el frasco de pastillas y, respirando hondo, decidió que era momento de enfrentarse a Mariano de una vez.
En cuanto abrió los ojos, Mariano la alzó entre sus brazos y, de repente, estampó sus labios contra los de ella.
Sintió algo extraño en la boca. Un objeto pequeño y redondo le rozó la garganta.
Mariano, sin darle oportunidad de resistirse, le forzó la pastilla hasta el fondo y profundizó el beso, murmurando en voz baja con un tono que pretendía ser tranquilizador:
—Tranquila, mi vida. Todo va a estar bien en un momento.
La sensación húmeda y pegajosa la inundó. Le faltó el aire. Begoña abrió los ojos desorbitados por el pánico, empujando con todas sus fuerzas el pecho de Mariano, pero por más que luchó, no consiguió liberarse.
Las lágrimas brotaron, resbalando por sus mejillas enrojecidas sin poder contenerlas.
Mariano no dejaba de besarla, como si a través de ese gesto pudiera calmar su angustia, o quizá le reclamara de manera muda el trato distante que ella le había dado últimamente.
—Mi amor… mi amor… —susurraba él, pegado a su oído, con una voz que se sentía como miel amarga en su corazón destrozado.
Pasaron dos minutos. Por fin, él la soltó.
Un fuerte —¡paf!— resonó en la habitación.
En la mejilla de Mariano quedó marcada una huella roja de cinco dedos, pero él no se movió ni un centímetro. Al ver los ojos hinchados de Begoña, intentó limpiarle las lágrimas, pero ella apartó su mano de un manotazo.
Begoña salió corriendo al baño, cerró la puerta de un portazo y abrió la llave del agua. Se inclinó sobre el lavabo y comenzó a vomitar.
Salió media pastilla, y después todas las demás que había tragado hacía unos minutos, de colores tan vivos que contrastaban con su palidez.
No le quedó nada más por expulsar.
A través del vidrio esmerilado, la silueta alta y oscura de Mariano aparecía recortada, como una sombra acechante que la hacía temblar.
Jamás pensó que llegaría a odiarlo.
Pero en ese instante, lo detestaba con todo su ser.

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