La noche caía, sumiendo todo en penumbra.
Begoña alcanzó a distinguir las siluetas de dos hombres; el olor a cigarro flotaba en el aire y, con una mueca de desagrado, se levantó para cerrar la puerta corrediza del balcón y ponerle seguro.
En ese instante, Mariano dirigió la mirada hacia el balcón de Begoña, pero lo único que logró ver fue una sombra delgada proyectada en la cortina que se movía suavemente por la brisa.
—Entonces contactaré a la señorita Betina —murmuró el jefe de seguridad, sacando unas pastillas del equipaje y colocándolas en la mesa de noche. Se giró para insistir, con la paciencia de quien ya repitió lo mismo mil veces—: Señor, recuerde tomar el medicamento y nada de alcohol.
Mariano alzó la vista apenas. El jefe de seguridad salió y cerró la puerta con cuidado.
El silencio llenó la habitación, y la soledad se extendió como un manto interminable.
Mariano se acomodó en el sofá del balcón, contemplando las luces vibrantes de Puerto Quetzal durante la noche. De pronto, las imágenes de su luna de miel vinieron a su mente: ese mismo puerto había sido su destino entonces.
Si su esposa estuviera allí, tal vez podrían pasear por los mismos lugares, revivir los recuerdos.
Sin pensarlo mucho, salió del hotel y se perdió solo en las calles enormes de Puerto Quetzal, caminando sin rumbo fijo. Recorrió cada rincón donde alguna vez estuvieron juntos, hasta que el cansancio lo venció y terminó desplomado junto a la banqueta.
Siempre unos pasos detrás, el jefe de seguridad soltó un suspiro resignado y ayudó a Mariano a subirse al carro para volver al hotel.
Conocía bien a su jefe, sabía que lo hacía a propósito, como si buscara castigarse. Si no volvían a encontrar a la señora, temía que Mariano no pudiera soportarlo.
...
Begoña salió de bañarse, enfundada en una bata blanca de dormir. Tomó su celular y le marcó una videollamada al número guardado como “niñera”.
La videollamada se conectó enseguida y, de pronto, la carita sonrosada de Josefa llenó la pantalla.
Con apenas dos años y un par de meses, Josefa se veía más adorable que nunca: sus mejillas redondeadas invitaban a apapacharla y sus grandes ojos oscuros parecían brillar con vida propia.
—Mamá, te extraño —susurró la niña, pegando la boca al celular y dejando la pantalla llena de babas.
Begoña no pudo evitar reírse ante esa ternura.
—Mamá también te extraña, mi amor.
—¿Hoy te portaste bien en la clase de estimulación temprana?
—Sí —asintió Josefa, con los cachetes inflados.
En ese momento, la niñera alejó un poco el celular, limpió la pantalla con una servilleta, y en ese movimiento, por un instante, el perfil de un hombre apareció borroso ante los ojos de Begoña.
Luego, el celular volvió a las manos de Josefa.

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