Al escuchar esas palabras, los adultos presentes se quedaron boquiabiertos.
Mariano soltó de inmediato a Renata y abrazó a Begoña.
—Amor, ¿cómo crees que yo te tomaría por ingenua?
—Seguro entendiste algo mal, deja te explico.
Al ver el ceño fruncido y la mirada apurada de Mariano, Begoña apartó su mano y señaló a la niña sentada en el columpio.
—Cuando entré, vi clarito que fue esa niña la que le quitó el columpio al niño mayor. Él solo se enojó y, sin querer, la empujó. Y esta niña, que presenció todo, todavía fue y se puso a regañar al niño. ¿De veras quieres que adoptemos a alguien que ni sabe distinguir lo que está bien de lo que está mal? —Miró a Renata con molestia, y alcanzó a notar el destello de malicia en sus ojos.
Mariano, al escuchar a Begoña, respiró aliviado.
—Amor, yo no vi nada de eso hace rato.
Pero, viendo el enojo de Begoña, Mariano no podía quedarse de brazos cruzados. Se volvió hacia el director del hogar infantil.
—¿Así es como educan aquí a los niños?
—Esto... esto...
El director se limpió el sudor de la frente. Sabiendo que Renata, por su situación especial, era como la consentida del lugar, entendía que Mariano quería mostrarle a todos una escena en la que Renata se portara bien. Pero, ¿qué podía hacer él?
—Debo admitir que he fallado al supervisar. Pero Renata no es así normalmente, quizá solo se confundió hace rato.
—Señora, me equivoqué —intervino Renata, tomando la mano de Begoña y poniendo carita de remordimiento, buscando ganarse su simpatía. A Begoña le recorrió un escalofrío.
De un tirón, Begoña retiró la mano y dio un paso atrás.
—Señora, de inmediato le pido perdón al niño mayor —dijo Renata, pegándose otra vez a Begoña como si no pensara soltarla—. Señora, se lo juro, soy una buena niña, por favor, adóptenme usted y el señor.
El dolor de haber perdido a su hija cuatro años atrás le apretó el pecho a Begoña, tan fuerte que casi le faltó el aire. Terminó empujando a Renata lejos de ella.
Renata cayó al suelo y soltó un llanto desgarrador.

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