Begoña ya había restaurado las grabaciones de seguridad a su estado original y, al girarse, se encontró con la mirada atenta de Mariano.
Ella no había conducido ningún carro y hasta tenía su celular apagado. Aun así, Mariano la había localizado en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cómo era posible?
Incluso si los guardias del hospital le hubieran avisado, no habría llegado tan rápido.
¿Acaso llevaba encima algún aparato oculto de rastreo?
Le vino a la mente una plática que tuvo alguna vez con el jefe de la comisaría: con tanta tecnología moderna, los chips podían ser tan pequeños como una semilla y se implantaban bajo la piel, funcionando como un marcapasos, sin alterar la vida diaria. Y, lo más inquietante, era casi imposible que la persona se diera cuenta.
En esa ocasión, el jefe le había contado que en algunos lugares ya hacían ese tipo de experimentos inhumanos.
Solo de recordarlo, Begoña sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
—Me siento un poco mal, vine a ver a la doctora Felicidad —anunció Begoña, poniéndose de pie lentamente. Su cara palidecía, como si la vida se le escapara a ratos.
Mariano se acercó para ayudarla a incorporarse.
—Amor, déjame acompañarte.
Justo en ese momento, el celular de Mariano vibró.
Él echó un vistazo a la pantalla y, con total calma, le habló.
—Amor, ve tú primero. Me buscan del trabajo.
Begoña asintió apenas y se marchó, sin mirar atrás.
En cuanto ella se perdió por el pasillo, Mariano colgó la llamada y dio la vuelta, entrando directo al consultorio de ginecología.
Cuando la doctora lo vio llegar, comprendió la situación y salió sin decir palabra.
Adentro, Rosario, con los ojos hinchados de tanto llorar, le tomó la mano a Mariano y habló entre sollozos.
—Mariano, cuando me enteré de que ella no quiere adoptar a Renata, no pude controlarme. Me empezó a doler el vientre del coraje y la tristeza.
Hizo una pausa para secarse las lágrimas.
—No quería molestarte a estas horas, pero mis papás todavía no llegan y aquí no tengo a nadie. No tuve más remedio que llamarte.
—Perdóname, Mariano.
Rosario era experta en hacerse la víctima para ganar terreno, y Mariano siempre caía en ese juego de dulzura y sumisión.

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