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La Desaparición de la Esposa Hacker romance Capítulo 64

Esa voz retorcida, tan venenosa, se clavó como un puñal directo en el corazón de Begoña.

Si no lo hubiera escuchado con sus propios oídos, jamás habría creído que su propio padre fuera capaz de secuestrarla. Siempre pensó que él la quería, que le daba todo cuanto podía. Si no fuera porque los había descubierto a él y a Maribel, quien fingía ser la empleada de la casa, en pleno enredo, jamás habría creído que le sería infiel a su madre.

—Esa maldita chamaca se salvó del incendio, qué suerte tuvo —escuchó decir.

—¿Quién diría que esa mocosa terminaría casada con el hombre más rico de Nueva Almería?

—Si no hubiera sido porque me descubrió con tu madre y fue a contárselo a Noemí, jamás me habrían echado de la casa. Nuestra familia no habría tenido que vivir en la calle tantos años.

—Por más que la consentí, solo tenía ojos para Noemí. Para su padre, ni se acordaba que existía.

Cada palabra envenenada que salía por los audífonos apretaba más el dolor en el pecho de Begoña. Sentía cómo el frío le recorría la espalda, como si la estuvieran enterrando viva.

Sin pensarlo más, empujó con fuerza la puerta del privado y entró a grandes pasos. Se plantó frente a Patricio, levantó la mano y le soltó una bofetada. Y otra más, tan fuertes que Patricio vio estrellitas.

—¡Tú! ¡Cómo te atreves a pegarme! —soltó él, furioso.

—¡Ayúdenme! ¡Nos están agrediendo! —gritó Maribel, corriendo a levantar a Patricio de la silla mientras armaba un escándalo.

El ambiente se volvió un caos. Los tres se quedaron atónitos, sin saber cómo reaccionar ante la irrupción violenta de Begoña.

Después de diez años sin verla, Patricio ni siquiera reconoció a su propia hija.

Rosario, que pensaba pedirle al personal que sacara a Begoña, ayudó a levantar a Patricio y se giró para ver quién era la intrusa.

—¿Quién se atreve a meterse con la señora Guz…? —empezó a decir, pero al ver la cara de Begoña, el color se le fue del rostro.

—¿Señora Guz? ¿De qué hablas? —Begoña dio un paso al frente y le cruzó la cara con otra bofetada—. ¿Quién te dio permiso de venir aquí a comer?

—La única querida aquí eres tú, mocosa. Mi hija es la esposa del presidente del Grupo Guzmán… —Maribel la miró con rabia, pero al reconocer el rostro de Begoña, se atragantó con las palabras y tironeó la manga de Patricio para advertirlo.

—Patricio… Es… Es Begoña.

—¿Qué?

Patricio parpadeó, tratando de enfocar con sus lentes viejos. Se acercó para tomarle la mano a Begoña, quien se la quitó de inmediato. Aun así, él alcanzó a ver la cicatriz leve en el antebrazo: la misma quemadura de la infancia.

—¡Hija! ¡Mi niña! —Patricio fingió conmoverse, con lágrimas en los ojos, encarnando a la perfección el papel de padre arrepentido—. ¡Tu papá te ha extrañado tanto!

Begoña los miró a todos con una calma helada. —¿Decías hace rato que tu hija es la esposa del presidente del Grupo Guzmán?

Los tres se quedaron petrificados. El mismo Patricio, que minutos antes buscaba ayuda de Begoña para que Rosario consiguiera el puesto de esposa del presidente, ahora no se atrevía a decir una palabra y, junto con Maribel, miró de reojo a Rosario.

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