En toda su vida, Roxana jamás había sido interrogada con tanta ansiedad y cariño genuino. Marina ni siquiera esperaba sus respuestas, la revisaba de pies a cabeza con las manos temblorosas, aterrada de encontrarle alguna herida.
Todo el enojo que la joven había sentido por la impostora se evaporó como niebla bajo el sol, reemplazado por la ternura que le transmitían esas palabras.
Con delicadeza, Roxana tomó las manos de Marina y sonrió con suavidad.
—Mamá, estoy bien. Valeriano me protegió en todo momento.
Al escucharla, Valeriano giró el rostro y le dedicó una mirada insondable y profunda.
Sin embargo, Marina apretó aún más las manos de su hija y se giró hacia el joven para agradecerle con profunda solemnidad.
—Valeriano, muchas gracias.
Acababa de recuperar a su pequeña y todavía no había tenido suficiente tiempo para compartir con ella. No quería ni imaginarse qué habría hecho si su hija hubiera sufrido algún accidente en esa maldita subasta.
Rafael Soler, que acababa de acercarse, escuchó las palabras de su hija y también se apresuró a expresar su gratitud.
—Así es. Si no hubiera sido por tu impecable organización y tus hombres, mi esposa y yo no sabríamos si habríamos salido vivos de ahí adentro.
Marcelo Montes llegó un paso por detrás. Al ver que su sobrina no tenía más que unas manchas de polvo en el dobladillo del vestido, asintió hacia el joven con evidente alivio.
—Valeriano, me tomo el atrevimiento de llamarte por tu nombre. Te debo una muy grande esta noche. Si en el futuro necesitas cualquier favor de la familia Montes, no dudes en pedírmelo.
Yara Soler, que planeaba acercarse para fingir preocupación por Roxana, se quedó petrificada al escuchar a su tío.
La familia Montes tenía un estatus inalcanzable en Veridia, y Marcelo Montes era la cabeza de la familia en esta generación. ¡Y solo por salvar a Roxana, estaba dispuesto a ofrecerle un favor de ese calibre a Valeriano!
Había que entender que, aunque Don Abelardo era la cima académica en Veridia, la familia Montes representaba el pináculo de todas las dinastías médicas del país. En términos de poder e influencia, diez hombres como Don Abelardo no podrían igualar a los Montes.
Y, sin embargo, su tío estaba entregando ese nivel de respaldo como si nada.
Todo porque Valeriano había protegido a Roxana una vez.
«¿Así que mis quince años de lealtad no valen nada frente a sus lazos de sangre?»
Después de que todos se turnaran para verificar que Roxana estuviera bien, de pronto cayeron en cuenta de que Darío Soler no estaba por ninguna parte.
Marina, que apenas había soltado un suspiro de alivio, volvió a angustiarse.

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