—Manuel, ¿estás pensando en ser patrocinador del programa?— Esther inmediatamente inventó una excusa que justificara su interés. —Déjame hablar con Regina—.
—No hace falta que hables directamente con Regina, con que consigas el contacto de alguien del equipo de producción es suficiente—.
La lucha interna por el poder en la familia Guerrero era brutal. Aún no se decidía quién de la generación de Regina heredaría el imperio, por lo que acercarse demasiado pronto a ella era un movimiento arriesgado.
Pensando en eso, Manuel añadió: —Cuídate mucho, iré a verte en cuanto tenga algo de tiempo—.
Poco después, un hombre de unos treinta años, vestido con uniforme y su gafete de identificación, se acercó al auto de Manuel y lo acompañó al interior.
El miembro del staff le habló con mucho respeto: —Señor Romano, es libre de dar un recorrido por las instalaciones, pero le sugiero no entrar a los estudios de los participantes. Están en pleno proceso creativo y es mejor no interrumpirlos—.
Una vez adentro, Manuel hizo una generosa donación como —patrocinador— para justificar su presencia, lo que dejó al staff encantado.
Luego, usando la excusa de que solo iba a —dar una vuelta—, comenzó a recorrer los estudios uno por uno en busca de Eliana.
Cuando llegó al estudio del décimo equipo, vio a Eliana discutiendo acaloradamente algo con Moy.
A través del cristal, Manuel notó cómo una sonrisa iluminaba el rostro de Eliana, rodeándola de un aura de luz que proyectaba una alegría genuina y arrolladora, desde adentro hacia afuera.
Nunca antes había visto a una Eliana así.
O, tal vez sí la había visto... justo en la época en la que se acababan de casar.
Pero desde entonces, Eliana solo mostraba una sonrisa perfecta, gentil y medida, impecable pero carente de calor, que nunca alteraba su forma.
Se quedó fascinado al ver cómo, bajo las manos de su esposa, los pétalos iban tomando vida. Por un instante, quedó paralizado.
—¡Incluso si eso es cierto, ¿acaso no ves cómo la gente está destrozando a los Romano en internet?!— Manuel sentía un nudo en el pecho, sin saber cómo refutarla.
*¿Y a mí qué me importa?* Pensó Eliana, pero no quería cantar victoria antes de tiempo. Aún no tenía los papeles del divorcio que estaban en poder de su suegra.
Tras pensarlo un poco, suavizó el tono: —Sabes perfectamente cómo funciona el internet; dicen cualquier cosa. Si me retiro del concurso ahora, los comentarios serán mil veces peores. Llegados a este punto, terminar la competencia es la mejor salida para todos—.
Manuel se quedó petrificado. Se dio cuenta de que Eliana tenía razón, y esa sensación de derrota lo enfurecía aún más: —¡Si hubieras hablado con la familia antes de meterte en esto, no estaríamos en este maldito enredo!—
Eliana soltó una carcajada amarga.
¿La familia? ¿Qué familia? ¿Acaso los Romano eran una familia?
Y con esa simple frase, Manuel dejaba claro que, como siempre, todo era culpa de ella. Era su estrategia favorita: sin importar lo que pasara, la culpa siempre la tenían los demás.

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