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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 132

—No te preocupes por mí —dijo Esther con una sonrisa llena de confianza.

—¿Ah, sí? ¿Por qué lo dices?

—Bueno... —La mirada de Esther vaciló y guardó silencio al instante.

Manuel notó enseguida que había algo oculto, así que presionó un poco más:

—Necesito que me cuentes la verdad para poder ayudarte.

Su tono era persuasivo y paciente:

—Esther, en este momento yo soy quien más se preocupa por ti. Con todos los años que llevamos juntos, ¿aún no confías en mí?

—No es eso. Lo que quiero decir es que no debes preocuparte de que alguien me haga la vida imposible. Confío en mi hermano y... también confío en ti —respondió ella, sonriendo con timidez y cambiando rápidamente de tema.

Al ver su expresión, Manuel supo que no sacaría nada más interrogándola en ese momento, así que decidió seguirle la corriente:

—Ay, a fin de cuentas eres la hermana que él crió con sus propias manos. Esta vez se pasó de la raya al abandonarte aquí sola. Te mudaste con tantas prisas que seguro te faltan muchas de las cosas que sueles usar, y además te cuesta trabajo dormir en una cama extraña.

Su voz desbordaba compasión.

—Manuel, solo tú me entiendes tan bien —sollozó Esther, con la voz entrecortada.

—Pórtate bien y espérame un rato, ¿sí? Voy a ir a la ciudad a comprarte todas tus cosas.

Manuel se dio la vuelta para marcharse. Su amplia espalda proyectaba la imagen de alguien absolutamente confiable.

Sin embargo, apenas cruzó la puerta, toda la ternura desapareció de su rostro como la marea. Con una expresión oscura, abrió la puerta de su auto.

La reacción que Esther había tenido le confirmaba que ocultaba un oscuro secreto, y él estaba decidido a descubrirlo a como diera lugar.

—Los pasteles saben mucho mejor cuando están frescos —insistió él, su voz aún más melosa.

—Pero... de verdad ya no me cabe nada —respondió ella con un puchero.

—Sé buena. Yo te doy de comer en la boca, ven aquí —dijo Manuel, rodeándola por los hombros y haciéndola sentar en el sofá antes de abrir lentamente la caja del pastel.

Hacía mucho tiempo que Esther no veía a un Manuel tan atento. Desde que regresó del extranjero, él siempre había parecido distraído cuando estaban juntos. Así que, sin poder evitarlo, murmuró un suave "está bien".

—Qué buena niña —la elogió Manuel en voz baja, mientras un destello de pura hostilidad cruzaba por sus ojos antes de desaparecer en un instante.

Manuel le dio el pastel cucharada por cucharada, e incluso ponía su mano debajo para asegurarse de que no cayera ninguna migaja.

Tras terminar de comer, Esther se sintió bastante pesada y le dijo que quería irse directamente a la cama a dormir.

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