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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 144

Al tener la estrategia clara, Carmen fue directa: —Déjamelo todo a mí. No te preocupes por absolutamente nada, solo siéntate a esperar mis buenas noticias.

—De acuerdo. Gracias por todo —dijo Eliana, dándole un fuerte abrazo.

***

A la mañana siguiente.

Eliana había llegado a su casa al atardecer del día anterior, pero el agotamiento físico y emocional era tal que durmió más de diez horas seguidas. Por fin había recuperado su energía.

Pero diez horas eran tiempo más que suficiente para que ocurrieran muchas cosas.

El equipo de relaciones públicas de Manuel había trabajado toda la noche. Un conjunto de fotos y videos perfectamente editados explotó en las redes sociales, compartidos directamente desde las cuentas oficiales de Manuel Romano.

La descripción era simple: [El señor y la señora Romano].

En las imágenes, él lucía tan apuesto como siempre, y ella deslumbraba con una sonrisa brillante. La forma en que Manuel la miraba de reojo, con unos ojos que parecían derretirse de ternura, fue suficiente para que los internautas enloquecieran. Además, siendo ambos tan atractivos, el público compró la historia sin dudarlo.

Y lo más importante: las expresiones en sus rostros eran tan reales que no había rastro de actuación.

Ver a Manuel llevando a Eliana al zoológico, haciendo lo que cualquier pareja normal haría en una cita, generó una gran empatía entre la gente.

[¡Por Dios! ¿La élite de la alta sociedad también va de cita al zoológico? ¡Qué humildes y reales se ven! ¡Me encantan juntos!]

[Esa mirada es pura miel. ¡Que alguien se atreva a decir que no hay amor ahí!]

Por otro lado, al ver cómo la opinión pública se daba vuelta, Regina arrojó su teléfono contra la pared, furiosa.

¿Qué demonios pasaba con Esther? La oportunidad estaba servida en bandeja de plata, ¿y ahora no se atrevía a dar la cara?

¿Y qué pasaba con Manuel? ¿De repente se había curado de su ceguera de amor después de veinte años? ¿Acaso ya se había enterado de lo de la familia Guerrero?

Abrió la conversación de mensajes con ella por décima vez; la pantalla seguía vacía, sin una sola palabra de su parte.

Afuera, alguien le compró discretamente un café al secretario Luis, bajando la voz para indagar: —Luis, ¿qué le pasa al jefe en estos días? Tienes que darnos una pista, hermano, para ir mentalizados.

Luis tomó el café con una expresión de agonía. No podía decir mucho, así que se limitó a advertirles: —Si no tienen asuntos de vida o muerte, mejor escóndanse un par de días.

Las redes estaban inundadas con las malditas fotos románticas de la señorita Lamas y su esposo. Si él mismo sentía nauseas al verla sonreír tan feliz en esas imágenes, no quería ni imaginar cómo se sentía su jefe.

Al escuchar el ruido sordo de una costosa pluma estrellándose contra el suelo dentro de la oficina, Luis suspiró en su interior: «Ay, señorita Lamas... sus problemas amorosos ya no son solo suyos, ahora son la tragedia de todos nosotros».

¡Achís!

Eliana estornudó de repente. ¿Quién estaría hablando mal de ella?

En ese instante, su teléfono comenzó a vibrar. La pantalla iluminada mostraba un nombre: Don Octavio Guerrero.

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