Eliana deslizó el dedo para contestar: —¿Don Octavio? No esperaba que me llamara personalmente. ¿En qué le puedo ayudar?
—Eliana, hay un asunto del que me gustaría hablar contigo en persona. Si no es mucha molestia, ¿podríamos vernos? —La voz amable y cálida del anciano resonó al otro lado de la línea.
—Por supuesto. —Aunque a Eliana no le caía nada bien Regina, sentía una afinidad natural y sincera hacia Don Octavio.
Como acababa de comprar un auto nuevo, le pidió a Pedro que la llevara al exclusivo club privado que el anciano le había indicado.
Había guardaespaldas custodiando la entrada. Al ingresar a la sala privada, Don Octavio ya la estaba esperando.
Al verla entrar, el anciano se apoyó en su bastón con empuñadura de cabeza de dragón y se puso de pie.
Tras un breve y cortés intercambio de saludos, Don Octavio fue directo al grano.
—Tu... tu madre se llamaba Celina Guerrero. Ella llevaba el apellido Guerrero, igual que yo —comenzó a decir. No explicó cada detalle, pero sus palabras fueron suficientes para que Eliana comprendiera la inmensidad de lo que estaba revelando.
El corazón de Eliana dio un vuelco. No era que la idea no hubiera cruzado por su mente.
Ella sabía que aún tenía familiares biológicos con vida por parte de su madre.
Además, la última vez que estuvo en la mansión de los Guerrero, el comentario de César de que «Don Octavio parecía muy interesado en sus padres» ya le había dado motivos para sospechar.
Por eso, al ver a Don Octavio buscándola personalmente, no se sintió tan sorprendida.
Sin embargo, había un profundo resentimiento en ella por el hecho de que la familia Guerrero hubiera ignorado a su madre durante tantos años.
Ahora que sus padres adoptivos habían fallecido, ella estaba bien viviendo sola. No estaba... no estaba preparada para aceptar a otros familiares de la noche a la mañana.
Pero ahí estaba el anciano, plantado frente a ella.
Eliana guardó silencio durante un largo instante.
Finalmente, habló: —Mi madre es mi madre, y yo soy yo. Mi apellido es Lamas.
A Don Octavio le tembló ligeramente la mano, pero, en lugar de enojarse, una chispa de profunda admiración brilló en sus ojos.
Hasta que, muchos años después, lo único que llegó fue la noticia de su muerte.
Don Octavio terminó de contar la historia con lágrimas en los ojos y la voz rota.
¡No tenía idea de que su madre había sufrido todo eso! Eliana escuchaba en silencio, mientras clavaba las uñas con fuerza en las palmas de sus manos. El dolor agudo le ayudaba a mantener la compostura.
Jamás imaginó que el pasado de su madre fuera tan oscuro.
Ella nunca le habló de esas cosas. En sus recuerdos, su madre siempre fue la mujer más paciente, tierna y amable del mundo.
Su madre siempre tuvo una salud frágil. Si en aquel entonces la familia Guerrero le hubiera brindado aunque fuera un mínimo de apoyo o cuidado, quizás no habría muerto tan joven.
Extrañaba muchísimo a sus papás. Eliana levantó ligeramente la barbilla, haciendo un esfuerzo enorme por contener las lágrimas que amenazaban con salir.
—Con todo respeto —dijo Eliana, con un resentimiento que ya no pudo ocultar—, incluso si no quería que ella heredara la familia, eso no justificaba dejarla abandonada a su suerte durante todos estos años.

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