El cuerpo encorvado de Don Octavio se tambaleó ligeramente, y asintió con una profunda tristeza. —Tienes toda la razón.
—Pero por suerte... aún te tengo a ti. ¿Estarías dispuesta a darme una oportunidad para redimirme? —preguntó, luciendo en ese momento como un abuelo común y corriente, vulnerable y arrepentido.
—No puedo tomar decisiones en nombre de mi madre. Además, fui adoptada, supongo que usted ya lo sabe, ¿verdad? —respondió Eliana, intentando mantener un tono neutral.
—Eso no tiene importancia. Si estás dispuesta a volver con los Guerrero, a partir de hoy serás oficialmente mi nieta biológica. Nadie se atreverá a cuestionar tu identidad —le aseguró Don Octavio, mirándola con súplica—. Si decides volver, arreglaré todo hoy mismo.
Al ver que Eliana no parecía conmovida, continuó ofreciéndole argumentos: —Hija, si entras a mi familia, nadie volverá a mirarte en menos. Ahora estás casada con ese chico de los Romano, ¿verdad? ¿No te han hecho sufrir demasiado en esa casa? Si vuelves a ser una Guerrero, la familia Romano nunca más se atreverá a humillarte.
—Déjeme pensarlo un poco más —dijo Eliana, manteniéndose firme en su postura.
—Ah, por cierto, Manuel pronto se convertirá en mi exesposo —añadió de repente.
Don Octavio se quedó perplejo: —¿Exesposo? ¿Te vas a divorciar?
—Si tenemos oportunidad, se lo contaré con más detalle más adelante —respondió Eliana con una leve sonrisa, cambiando de tema—. Por hoy, creo que es suficiente. Necesito tiempo para procesar todo esto. La noticia ha sido demasiado impactante y no es una decisión que pueda tomar a la ligera.
—Me parece bien —aceptó Don Octavio, visiblemente decepcionado, pero sin querer presionarla demasiado.
Después de despedirse, Eliana se dirigió al apartamento donde solían vivir sus padres.
Desde que su padre falleció, no había tenido tiempo de organizar el lugar.
En parte porque estaba saturada con el proceso de divorcio y la competencia, pero, sobre todo, porque aún no estaba lista emocionalmente.
A la derecha había dos hombres jóvenes que compartían algunos rasgos con Don Octavio. Debían ser los hermanos de su madre.
Sin embargo, la mirada de uno de esos hombres le provocó un escalofrío. No estaba mirando a la cámara, sino que tenía los ojos clavados en su madre. Había tanto veneno, tanta envidia y malicia en esa mirada que, incluso a través de una vieja foto, resultaba perturbador.
Eliana siguió revisando el diario y notó un pequeño trozo de papel doblado entre las costuras del encuadernado. Al desdoblarlo y examinarlo con cuidado, alcanzó a leer unas pocas palabras impresas:
«...clasificado como disputa civil, se acuerda retirar...»
¿Disputa civil? ¿Qué clase de problema habría llevado a su madre a una estación de policía?
¿Y por qué lo habría escondido tan meticulosamente dentro de su diario?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada